La incurable aflicción de la vida inteligente.

Si en un futuro no muy lejano, la humanidad recibiera la desagradable noticia de que un enorme asteroide se dirige hacia la Tierra, vislumbrando una colisión que acabaría con todas las formas de vida inteligente, ¿se consideraría una catástrofe? La mayoría está de acuerdo en que sería la peor tragedia de la historia. Pero ¿en verdad lo sería?

Yo digo que depende. Depende de la perspectiva desde donde mires las cosas. ¿Una tragedia para los terrícolas? Sin duda. ¿Una tragedia a nivel cósmico? No del todo, porque para el universo sería en realidad “hacer las cosas como siempre”.

La mayoría diría que es una tragedia independientemente de los lentes a través de los que miramos, por el hecho de que terminar con la vida es desastroso debido a la naturaleza milagrosa que dotamos a nuestra propia existencia.

No me malinterpreten. Creo que la vida es un milagro, pero la forma en que nos comportamos e interactuamos con los demás puede verse afectada por nuestra interpretación inconsciente de ese milagro.

Durante milenios, la humanidad ha atribuido el milagro de la vida a las deidades. Seres supremos que crearon todo lo que existe con un propósito, y con los humanos, lograron su obra maestra. Elaborados a la “imagen de Dios”, que puso a la humanidad en la cima de la creación, justo debajo de Dios. Esta creencia nos hizo creer durante miles de años que estábamos en el centro del universo y que, literalmente, toda la creación giraba a nuestro alrededor.

A medida que la ciencia secularizó los orígenes de la vida y los viejos dioses perdieron el favor de la conciencia en constante expansión de la vida inteligente, aceptamos la noción de un milagro que no se atribuye a lo divino. Pero, hoy en día, sin los medios científicos para explicar completamente nuestra existencia, la necesidad de tener un propósito todavía obsesiona a las mentes humanas. La creciente tendencia al humanismo se centró en el milagro de nuestra experiencia de vida. “Tu vida es única” o “tu vida es como ninguna otra” se puede leer en muchos libros de autoayuda para impulsar la autoestima de los lectores y mostrarnos, que “tenemos el poder de cambiar todo lo que nos rodea” … porque al final toda la creación gira en torno a nosotros, y nosotros decidimos cómo vivirla.

Esta situación pone en evidencia que poco ha cambiado durante los últimos cientos de años. Seguimos siendo la raza egocéntrica que creemos que está por encima de todo y de todos porque tenemos derecho a decidir cómo queremos experimentar el mundo.

El problema de idolatrar la experiencia de nuestra vida y entregarnos a los placeres de nuestras sensaciones y anteponerlos por encima de los demás es: ¿y si nuestra vida no es tan única como pensamos que era?

Hay un video “motivacional” que se puede encontrar en YouTube de un discurso compartido por Steve Jobs a los graduados de la Universidad de Stanford. Incluso cuando nadie puede negar la genialidad del hombre, hubo una sección del discurso que me impactó. Steve Jobs describe cómo incluyó múltiples tipografías en la primera computadora Macintosh, pero llega hasta el extremo de afirmar que “las computadoras personales podrían no tener la maravillosa tipografía que tienen” de no haber sido por él. Pero acaso ¿a nadie se le habría ocurrió la idea de incluir tipografías en las PC si no fuera por Jobs? ¿La humanidad nunca hubiera creado el fonógrafo si no fuera por Alva Edison? ¿O la música clásica nunca se habría convertido en romanticismo si no fuera por Beethoven?

Ciertamente lo dudo. Con el tiempo, alguien más lo habría hecho. ¿Cómo lo sé?

En el pasado, era muy difícil desafiar la singularidad de las experiencias de nuestra vida, encerradas en la pequeña burbuja que era nuestro mundo. Ahora con la realidad interconectada que experimentamos con el Internet, cada vez que sentimos que estamos viviendo un momento desafiante, una tragedia inconmensurable que nos ha sobrevenido y que nadie jamás podría entender, es solo cuestión de buscar en Google nuestra desgracia para ver los miles de experiencias que son sorprendentemente similares al que vivimos, y si tenemos suerte, ya hay algunos libros publicados sobre el tema. Y eso se ha convertido tanto en nuestra salvación como en nuestra condena. Como individuos egocéntricos que somos, luchamos por mostrar en las redes sociales que nuestra vida no es como el resto. Que nuestra experiencia de la vida es especial y la estamos haciendo única con los lugares que visitamos, las cosas que poseemos o los logros que conseguimos. Porque tenemos que demostrar que somos mejores que nadie. Y el mundo debería estar en deuda conmigo por el simple hecho de existir.

Esto suena como si lo hubiera exagerado todo, pero quiero que piensen en esto la próxima vez que conduzcan su auto y quieran dar una vuelta en U en un lugar donde está prohibido, deteniendo el tráfico detrás suyo. ¿Por qué antepones tu derecho a llegar antes a tu destino por encima del derecho de las demás personas a llegar a tiempo? ¿Por qué, si no es porque acaso crees que eres especial? Que estás por encima de todos a tu alrededor. ¿Por qué estás dispuesto a herir a la gente para saciar tus instintos? E incluso llegar hasta el punto de cometer un ilícito.

Por qué no ser humildes y reconocer que estamos vivos por el accidente del billar galáctico en el que, entre todas las probabilidades infinitesimales de albergar vida, este planeta superó todas las expectativas. Y la vida surgió y se desarrolló en un planeta Tierra inerte como la lucha constante de la naturaleza por la esperanza. Y aceptar que los humanos, los seres biológicamente más complejos, no somos más que un accidente. Un hermoso accidente que podría parecerse a un milagro. Pero un accidente que debería hacernos conscientes de que no estamos por encima de nada ni de nadie. Que debemos respetar tanto a las plantas como a los animales. La creación no gira en torno a nosotros, sino todo lo contrario. Y que podemos encontrar nuestro propósito especial en la cotidianeidad de nuestra ordinaria vida diaria.

M. Ch. Landa

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