El Nido Vacío

Yo tengo un inquilino en mi patio. Una gorrión que pensó que mi patio podía ser un buen lugar para llamarle hogar y dedicó semanas en la construcción de un nido arriba de la luminaria. En un principio ella estaba temerosa de mi presencia, y huía tan pronto abría la puerta, pero conforme pasaron los días, nos familiarizamos.

Seguí la idílica odisea  de la vida desde el poner los huevos, los días interminables para empollarlos hasta que los recién nacidos salieron del cascarón, curiosas pequeñas aves desplumadas que llenaron  mi jardín con la melodiosa cacofonía de sus cantos que exteriorizaban su deseo por la vida.

Un día regresé a casa del trabajo y el patio estaba en silencio. Curioso, observé dentro del nido y lo encontré vacío. Finalmente volaron del nido, pensé, y cuando estaba a punto de entrar feliz con la noticia, miré al suelo y encontré un pequeño gorrión muerto, con sus ojos cerrados, con sus diminutas alas que le habían fallado, extendidas sobre el duro piso de concreto, con su pico abierto a través del cual escapó su último aliento de vida.

Demasiado joven para morir, se extinguió su vida en el primer vuelo, dije a mi mismo acariciando su pequeña cabecita con mi pulgar, sintiendo lástima por él. Me pregunté dónde y cómo estaría su madre, ¿estará triste? ¿ Y sus hermanos? No lo sabía, pero el sentimiento me robó la sonrisa del rostro.

Meses después recibí una visita en mi jardín. La madre gorrión había regresado al nido y fui testigo de su diligencia para atravesar nuevamente todo el proceso de concebir vida justo como la primera vez, justo como si nada hubiese pasado. Las semanas transcurrieron y pronto el nido se repobló con una parvada de recién nacidos, salvajes y juguetones justo como los anteriores.

Una vez más se llegó el fatídico día del “primer” vuelo—y pongo entre comillas primero porque para las aves no hay segundas oportunidades, es o vivo o muerto. Me sentí abrumado solo de pensar al respecto si como humanos tuviésemos que encarar ese tipo de desafíos, pero para ellos no existe otra manera, es su naturaleza. Supuse que es el precio que tienen que pagar por vivir más cerca del cielo.

Aquella tarde llegué a casa y encontré el patio en silencio nuevamente, y sabía que era el día. Abrí la puerta con mis ojos clavados en el piso esperando que esta vez estuviese limpio……… Desafortunadamente no lo estaba. Un bebé gorrión yacía sobre el piso y el nido estaba vacío nuevamente.

Este hecho dio vueltas por mi cabeza por días, intrigándome con respecto a la fragilidad de la vida, cuestionándome cómo podíamos declarar que la vida es hermosa cuando miras a la fría cara de la muerte.

Entonces me puse a mí mismo en el dilema del ave preguntándome si sería capaz de dejar el nido detrás y arriesgar todo por tener una y solo una oportunidad para surcar los cielos y vivir cerca del cielo.

Mi respuesta fue, Sí.

Yo diría un centenar de veces aunque hubiese muerto en mi primer vuelo mis 99 vidas anteriores.

Mi problema fue que estaba confundido. Confundí víctima con héroe.

Con esos dos pequeños gorriones, yo no enterré dos víctimas de la vida, yo enterré dos héroes que la confrontaron sin miedo. Y los héroes no merecen lástima sino honores.

Nada menos que honores.

Hace dos días la madre gorrión regresó al nido a traer héroes a este mundo… 🙂

M. Ch. Landa

PD. Dedicado a todos esos campeones de la vida. ¡Los saludos y los honro!

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