Corriendo por la Vida

El otro día, iba corriendo por la calle, preocupado por cumplir mis mandados pendientes lo antes posible, cuando me encontré con el transeúnte más inesperado que me obligó a detenerme bruscamente. Abajo sobre el piso de concreto, encontré un caracol enorme. Me arrodillé al lado para verlo mejor y tomar una fotografía del impresionante ejemplar. Me pregunté de dónde venía el caracol y cuál era su destino. Aparentemente, se había escapado de un pequeño parche de césped al lado de la acera y se estaba deslizando hacia el exuberante jardín de la casa frente a mí. Una increíble casa nueva sin lugar a duda, el jardín parecía una jungla en comparación con el pequeño parche de hierba.

El único problema para mí era que el caracol se deslizaba demasiado lento —para sorpresa de nadie, esa es la principal característica de un caracol—, pero debo confesar que, como un padre devoto, me preocupé por el bienestar del caracol, considerando al próximo transeúnte podría que no fuera tan cuidadoso como yo.

Pero durante el momento en que estaba pensando en arrancarlo del pavimento y hacer el favor de depositarlo en el destino deseado, pasó un grupo de personas y tuve que apartarme. El grupo pasó sin darse cuenta del caracol en el suelo y, contrariamente a mis expectativas, el caracol no retrocedió dentro de su caparazón. El caracol continuó su viaje, lenta pero diligentemente hacia su destino.

Esta situación hizo reflexionar sobre el hecho de que yo era el que tenía prisa, no el caracol. El caracol sabía perfectamente el tiempo que le llevaría llegar al destino y los peligros que implicaba. El caracol no estaba preocupado por el futuro. Yo lo estaba.

Y ese hecho me hizo darme cuenta de que nos negamos a soportar el tiempo necesario para llegar al final de la fila del supermercado, el atasco de tráfico, para completar nuestro turno de trabajo, y queremos acelerar el tiempo necesario para recibir la promoción laboral o para que nuestra nueva empresa pague las facturas. La mayoría de las veces queremos apresurarnos por la vida, pero a medida que nos acercamos a nuestro destino final y nuestra mortalidad acecha en el horizonte, de repente queremos detener el reloj. Y lo que es peor, suplicamos a los cielos para poder regresar el tiempo.

Estamos tan ansiosos por experimentar la vida que cuando hacemos las cosas nos preocupa más completarlas lo más rápido posible que disfrutar del viaje.

Recuerdo las sabias palabras de mi maestro de segundo grado, “No se apresuren por la vida”, solía decir, “disfruten de todas las etapas de la vida al máximo”, y tenía razón … corremos por la vida tan desesperadamente que cuando somos niños, deseamos convertirnos en adultos, ganar dinero y ser los dueños de nuestras decisiones, solo para después durante la edad adulta, desear volver a ser niños. Lamentablemente, porque la mayoría de nosotros reconocemos que la verdadera felicidad está rodeada por un halo de inocencia y soñar despierto que solo las mentes infantiles pueden usar para aplicar como filtro colorido a la vida.

Hoy más que nunca, en la era de la gratificación instantánea que otorga el Internet, cuando estamos acostumbrados a recibir reconocimientos, buenos deseos y éxitos en cuestión de segundos para alimentar al monstruo insaciable en el que se ha convertido nuestra autoestima, necesitamos reconfigurar nuestros cerebros para aprender a lidiar con la frustración de los largos viajes. Necesitamos aprender a encontrar placer en el sacrificio necesario para llegar a la meta, porque el camino hacia todas las cosas buenas puede ser largo y queremos pasar esa parte de nuestra vida felices. Al igual que lo hicimos de niños al imaginar nuestra vida adulta.

Dos horas después de haber completado todos mis pendientes, regresé a mi auto por el mismo camino que vine y, para mi sorpresa, el caracol había completado su viaje hacia el jardín. Sonreí, agradeciendo mentalmente al caracol por la valiosa lección: la próxima vez que tengas prisa, cálmate y deshazte de la ansiedad respirando profundamente y dándote cuenta de que mientras camines en la dirección correcta, llegarás a tu destino eventualmente, y si disfrutas el viaje, incluso si el premio al final del camino pudiera decepcionarte, habrías pasado la mayor parte del tiempo siendo feliz.

M. Ch. Landa

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