Siete Años: Un Muerto, un Nacimiento.

En este día, hace siete años, recibí una llamada telefónica que nunca olvidaría. Recuerdo que estaba trabajando. Estaba dentro de mi automóvil, preparándome para visitar a un cliente, cuando recibí una llamada en mi teléfono celular. Era mi madre.

“Por favor, ven rápido al hospital”, dijo con voz angustiada y sin pensarlo dos veces, me apresuré al hospital.

Durante mi viaje, hice un recuento los acontecimientos de las últimas semanas. Mi padre había sido hospitalizado, su condición gradualmente degradante. Habían sido días difíciles para mi familia el cuidar de él. Mi madre permanecía con mi padre durante el día y mi hermano y yo alternamos turnos nocturnos en el hospital y después nos íbamos a trabajar. Fue agotador para todos nosotros.

El último informe que recibimos del médico pintó un panorama sombrío de la salud de mi padre, pero como todos los médicos, jugó bien la carta de “si todo va bien, le daré de alta pronto”. Razón por la cual, pese a la sensación funesta transmitida por la voz de mi madre, todavía albergaba una pequeña esperanza. “Tal vez, su situación ha empeorado, y quieren pedirnos permiso para trasladarlo a cuidados intensivos”, me dije a mí mismo mientras recorría la ciudad.

Pero cuando llegué a la habitación del hospital, destrocé mis expectativas y me vi obligado a saborear el amargo sabor de la realidad …

Me paré al pie del lecho de muerte de mi padre, mirándolo. Estaba cubierto con una sábana blanca hasta el cuello, la boca ligeramente abierta y tenía dos parches de goma cubriendo sus ojos para evitar que se abrieran sus párpados. Él estaba callado. Inmóvil. Él estaba muerto. Y entonces fue cuando me golpeó: mi padre nunca más volvería a verme. Nunca podría volver a escuchar su voz, ni sentir la comodidad de su mano cariñosa, ni pasar un segundo más en su compañía.

Mi madre estaba a mi lado, las lágrimas corrían por su rostro, incapaz de formular palabras y cuando la miré, no pude soportarlo más. Simplemente me derrumbé en una silla, sollozando sin control.

Han pasado siete años desde aquel fatídico día, pero aún el día de hoy cierro los ojos y puedo ver la imagen clara de mi padre. Tal vez lo lleve conmigo, hasta que llegue el momento de decir adiós.

Durante años, me he sentido atraído por el tema de la muerte. Me atrae el misterio y el misticismo que rodea a la muerte. “¿Qué pasa después?” Todos nos hemos preguntado al menos una vez en nuestras vidas. Y mi creciente interés por la muerte, alimentó mi curiosidad por investigar al respecto. Leí libros y textos sagrados sobre las diferentes percepciones sobre la muerte que abarcan toda la era de la humanidad, dado que la muerte es un tema controvertido desde los albores de la civilización. Pero el foco principal de mi investigación fueron las entrevistas de personas con experiencias cercanas a la muerte.

Cientos, si no miles de personas de todo el mundo han recapitulado los acontecimientos durante los segundos o minutos que experimentaron la muerte. Por lo general, comenzando sus historias con la “luz al final del túnel”, me resultó curioso que independientemente de sus creencias, la mayoría de sus experiencias cercanas a la muerte relataran los acontecimientos enumerados en el Bardo Thodol o El Libro Tibetano de la Muerte.

Compuesto por primera vez en el siglo VIII, como La Liberación a Través de la Audición Durante el Estado Intermedio, introduce el concepto de Bardo (bar do) que básicamente significa el estado “intermedio” o “de transición” entre la vida y el renacimiento dentro de la tradición budista.

El Libro tibetano de la muerte explica que después de que una persona muere, su alma vaga durante cuarenta y nueve días, en el estado de un sueño vívido extremadamente difícil de diferenciar de la realidad. El alma experimenta breves momentos de autoconciencia de su condición cada siete días cuando regresa a su lugar de muerte y a su familia. Después del cuadragésimo noveno día, el alma encarna un nuevo cuerpo y renace como un nuevo ser.

Curiosamente, El libro tibetano de la muerte explica que este renacimiento no ocurre de golpe. Solo la semilla es sembrada para el renacimiento, pero durante un período de siete años, se produce un proceso gradual de transmigración del alma. El libro destaca que hasta que hayan pasado esos siete años, el alma del nuevo ser estaría “completa”.

Cuando leí esta teoría por primera vez, me dejó perplejo. Porque después de estudiar la teoría freudiana de la psique, Freud también enumeró siete años como el tiempo necesario para la conformación de la ID, Ego y Superego, siendo este último, el responsable del concepto de “moralidad” el último en formarse.

Este hecho puede concebirse como nada más que una coincidencia afortunada, pero independientemente de las creencias, ambos tratan el mismo concepto intrínseco: la semilla de un alma que crece para conformar la personalidad de un ser humano.

¿Es esta prueba irrefutable de que renaceremos?

No. Pero a veces me gusta pensar que sí. Como cuando estuve a los pies del lecho de muerte de mi padre hace siete años. Deseé que, si mi padre ya no pudiera estar con nosotros, podría tener un amable renacimiento. En una familia que se preocupaba por él al menos tanto como nosotros.

Y hoy, siete años después, me gusta pensar que el alma de mi padre ha completado su migración hacia un nuevo niño o niña en algún lugar del mundo. Quizás ya nos hemos cruzado. Tal vez lo haremos en un futuro no lejano.

Y si algún día lees esto, sea cual sea tu nombre ahora, primero, quiero agradecerte por el amor incondicional que me diste hasta el último día de tu existencia pasada. Eras mi ejemplo vivo de lo que significa abnegación. Porque sacrificaste todo por tu familia. Segundo, en esta nueva vida tuya, sé humilde, honesto y amable, porque así es como a mi padre le hubiese gustado vivirla, si tuviera una segunda oportunidad.

Mientras tanto, con todo mi corazón, te reitero mi promesa:

En algún lugar, donde convergen los círculos del tiempo, nos volveremos a encontrar. Hasta mi último aliento de vida en el mar de estrellas, tu recuerdo permanecerá en mi corazón.

Adiós … papá.

M. Ch. Landa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba
Copy link
Powered by Social Snap