¿Se puede justificar el uso de la violencia?

Esta semana el Internet se ha inundado de memes de Will Smith abofeteando a Chris Rock durante la ceremonia de los Oscar. La discusión se ha dividido principalmente entre dos frentes. Un grupo que cree que la reacción de Will Smith estuvo justificada porque Chris Rock ofendió a su esposa, Jada Pinkett, con una broma sobre su condición médica, argumentando un caso de violencia verbal se sufre igual que la violencia física ante los ojos del ofendido. Y el segundo grupo, que argumenta que el chiste no justifica la escalada de violencia. Esta situación puede parecer superflua e indigna de debate, más considerando noticias relevantes como la guerra entre Rusia y Ucrania, sin embargo, como mencioné en el pasado en este blog, si queremos entender una sociedad, debemos examinar los extremos. Y una mirada cercana nos ayudará a explicar las similitudes intrínsecas entre los dos, por más distantes que parezcan.

Hablando antropológicamente, muchos piensan que los humanos somos violentos por naturaleza, creyendo que los seres humanos vienen a este mundo con un impulso interno de dañar a otros, o que fueron creados así, como en la creencia religiosa encarnada en la historia bíblica de Caín y Abel. Cuando analizamos los diferentes tipos de violencia, 1) colectiva, como la bélica o racial, 2) intrapersonal, como la sexual, de relación íntima o el maltrato, o 3) intrapersonal, como las autolesiones o los pensamientos suicidas, en ellas siempre hay una dinámica de poder asociada. Desde el control de los recursos o territorios en un conflicto armado, hasta la dominación de los individuos en el acoso o el abuso, o incluso la recuperación de la agencia sobre sus propios cuerpos como mecanismo de confrontación de quienes experimentan traumas, la discusión siempre se traduce en torno a la voluntad de poder ejercer acción en este mundo físico.

Pero el poder es un concepto abstracto, y como todas las acciones, termina siendo una reacción física a un estado mental, una combinación de sentimientos y sensaciones que se mezclan en nuestro cerebro. Y aquí es entran nuestros dos ejemplos mencionados anteriormente:

Con Will Smith, las personas que defienden su postura argumentan que se sintió herido por la angustia emocional que la broma le causó a su esposa Jada, justificando su rabia de agredir al perpetrador de la broma como venganza por el comentario “igualmente violento”, y para garantizar la seguridad futura de Jada al evitar que el evento vuelva a ocurrir.

Con Vladimir Putin, argumenta, se sintió amenazado por la colocación de armamento por parte de EE. UU. en el territorio de Ucrania (una zona de amortiguamiento terrestre clave y un punto estratégico para la invasión en la Segunda Guerra Mundial), la negativa del gobierno de Ucrania a conceder la independencia a los estados separatistas prorrusos, y el hecho de que a pesar de los varios reportes de Putin ante la ONU sobre esta situación, los esfuerzos de EE. UU. y la OTAN para añadir a Ucrania continuaron, poniendo en peligro a su país.

Si analizamos de cerca, ambos procesos de pensamiento pasaron por estados mentales similares. El mismo conjunto de emociones y sensaciones. Desde la molestia y frustración de que les suceda esta situación (ni Will ni Putin reaccionaron de la misma manera cuando el comediante se burló de otros, o algún otro país fue invadido, respectivamente), el asco de sentirse irrespetados (posicionándose narcisisticamente por encima de los demás, y anteponiendo su derecho a ser respetado), al miedo de ser percibido como débil por los demás (desencadenando la vieja paranoia del sistema límbico “cazar o ser cazado”), a la materialización final de la rabia en una acción violenta que podría restablecer la percepción del poder encarnado en elloss (abofetear a un hombre que cometió un error o invadir un país).

Ambos actuaron de manera egoísta, impulsados ​​por sus propios sentimientos y sensaciones, utilizando a los demás como justificación de sus comportamientos. Putin, usando su patria y el futuro de sus compatriotas y Will, usando en la angustia mental de Jada. El problema es que las bajas de los rusos durante la corta guerra se están acumulando en miles y muchos millones más se han visto afectados por las sanciones económicas, y con Jada, si se sentía incómoda e incluso avergonzada de su condición médica, su querido esposo logró el objetivo de asegurarse que la mitad de la población mundial sea consciente de su dolencia…

Pero ¿hay alguna solución para dominar nuestros sentimientos y controlar la forma en que respondemos al mundo? Sí, podemos encontrar la respuesta en la filosofía y en algunas prácticas de meditación.

El esclavo romano convertido en filósofo estoico Epicteto nos enseña que “no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas ante ello lo que importa”, en el sentido de que no podemos evitar el destino, pero podemos cambiar la forma en que lo enfrentamos. También explica que, “a la gente no le inquietan las cosas, sino la opinión que tienen de ellas”, y como relaté con los ejemplos, fue esa percepción, ese juicio de valor subjetivo sobre la situación lo que descarriló sus pensamientos hacia el camino de la ira y búsqueda de retribución. Finalmente, Epicteto también nos enseña que, “cualquier persona capaz de enojarte se convierte en tu amo; sólo te puede enojar cuando te permites ser molestado por él”, destacando que si algo o alguien nos molesta es porque estamos cediendo ese poder, y terminamos siendo cómplices.

Se podría decir que estoy hablando desde la comodidad de mi sala de estar, no siendo el esposo de la mujer irrespetada ni el ciudadano del país amenazado por Estados Unidos y la OTAN, pero cuando miro hacia atrás a mis días de escuela primaria y secundaria cuando sufrí bullying, ahora años después, me siento más arrepentido de aquellas veces en las que respondí con violencia que de aquellas veces en las que no respondí, pese a que al no hacerlo animaba a mis agresores a continuar… Y tengo el presentimiento de que tanto Will como Putin se sentirán de la misma manera en un futuro no muy lejano.

M. Ch. Landa

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