¿Puede salvarnos la Democracia?

Uno de los hobbies favoritos de mi padre era sentarse en el sillón a mirar las noticias. Recuerdo que durante mi niñez me sentaba por su lado y me sorprendía por la colección de imágenes mostradas sobre los eventos alrededor del mundo: La Guerra del Golfo Pérsico, La Copa del Mundo, La Guerra de Bosnia, y Los juegos Olímpicos entre muchos otros, lo que causó una gran impresión en mí.

En el lado regional, estaba atraído a la política, por el impacto obvio que tenía en mi familia, nuestra comunidad y nuestro país. En México, después de Diciembre del ’94, era imposible no hablar de política y economía. El país estaba sumergido en la peor crisis que—al menos yo—había visto. Ese evento detonó mi curiosidad por investigar acerca de la historia de nuestro partido político en el poder, y aún a mi muy escasa edad, estaba frustrado con—al menos desde mi perspectiva moral en aquél tiempo—lo que parecía no solo horribles, sino las decisiones más tontas que cualquiera pudiese tomar. Pero, cómo ese tipo de personas había alcanzado el poder para tomar tan terribles decisiones: habían sido electos—o al menos eso parecía.

Recuerdo que una vez confronté a mi padre preguntando: “¿Cómo fue posible que [tú generación] los hayan elegido?”

“No lo sé,” respondió pacientemente a su hijo ansioso. “No había otra opción en aquel tiempo.” Respondió aun cuando yo sabía que había votado por la oposición en las dos elecciones anteriores de las cuales yo tenía memoria.

En una edad en la que las frases “elecciones arregladas” o “fraudes” no tenían ningún significado para mí, me atreví a aventurarme en pensar que quizá había algo malo con la Democracia, ya que los hombres “malos” seguían siendo electos a pesar de sus terribles desempeños en el cargo.

Mi primer hipótesis era que quizá, no había nada malo con la Democracia, solo tal vez habíamos perdido algo en el camino. Así que viajé más de dos mil años hacia la antigua Grecia para estudiar las raíces de la democracia.

Me llevé una gran sorpresa cuando me percaté que, Sócrates y Platón, considerados por muchos los más grandes filósofos del mundo antiguo, habían llegado a la realización de las fallas de la Democracia. Ellos habían observado cómo la persona ejercía su voto sin pasar su decisión a través de un cuidadoso escrutinio e investigación, lo cual podía conllevar a la demagogia. Ellos acordaron, que votar debería de ser reservado a los “filósofos”, y por filósofos ellos se referían, a gente que pensaría, investigaría, confrontaría sus ideas, de modo de emitir un sufragio meditado.

Para mi hacía total sentido. ¿Pero cómo forzar un voto concienzudo? Es imposible contralar como piensa la gente o en lo que escoge creer.

Pero si no podemos evitarlo tal vez podemos minimizarlo, entonces mi solución se centró en restringir el impacto del voto dañino. Si establecemos un voto ponderado en el cual el valor del voto del individuo sea escalado, digamos de 1 a 5, y la que gente tenga que “ganar” ese peso con base en ciertos criterios como: nivel de estudios, ser un erudito en campos de estudio, empresarios, y para no inclinar el poder del voto a las altas clases sociales, también incluir a la gente en campos como filantropía (orfanatos y asilos) o en directo servicio a la comunidad o causas populares (maestros, policías, soldados, doctores, enfermeras, ambientalistas, etc.) esto crearía un voto que más eficientemente representase el poder de decisión de una población.

Sin embargo, tener la capacidad para votar no significa que conozcan lo que los diferentes candidatos proponen para su gobierno, por lo cual determiné que una corroboración era necesaria, y como un estudiante entusiasta, decidí que un examen era la mejor manera para demostrarlo. Un examen sencillo donde la gente demuestre que de hecho conocen y entienden las propuestas de los candidatos disponibles. Así que cada periodo electoral, todos los interesados en votar deberían acudir a renovar su “permiso al voto” previo a ejercer su voto. Por lo que los ciudadanos que se preocupan por su país estarían más que felices de pasar por una examinación como esta.

Una vez que había terminado mi solución propuesta, me percaté que si algún día la revelaba, sería considerado por lo menos un fascista, por tratar de restringir el voto y minar la democracia en mi país, porque: ¿en qué país en el mundo se han establecido reglas tan rigurosas?

Por lo tanto, mantuve mis ideas en mi escritorio.

Hace dos semana, leyendo a Dambise Moyo, una economista global, en su libro Al Borde del Caos: ¿Por qué la democracia está fallando en crear crecimiento económico?, ella enlista tanto el voto ponderado como una evaluación como proceso de filtración como uno de los tantos métodos para mejorar nuestra democracia.

Esto me hizo sentir tanto alegre como triste. Alegre por el hecho de que mis ideas tan ridículas eran de hecho una buena solución para el problema de acuerdo a los expertos, pero triste porque en verdad estamos muy lejos de lograr una mejor democracia que sea en verdad inclusiva y que no solo se preocupe por los individuos en las altas esferas de poder.

A mi edad, ahora finalmente puedo entender la respuesta de mi padre. Era la mejor manera de describir su frustración. La frustración del hombre común con el trabajo común que comprende la mayoría de nosotros.

Y yo, como tú, entiendo la desesperación que nuestra voz no sea significativa para nuestro país.

Pero aun así, te exhorto a votar.

Aunque no pueda ayudar a mejorar la Democracia para ti, solo puedo pedirte que seas un filósofo cuando emitas tu voto.

Que pienses, que investigues, que leas, que hables, que debatas y que re-pienses de nuevo.

Entonces, vota.

M. Ch. Landa

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