Pájaros de Papel

Todas las mañanas, luminosas aves se muestran en mi ventana. Sus cánticos jubilosos iluminan mi habitación como rayos de sol, desplazando la oscuridad de regreso a su recóndita esquina. Todos los habitantes de mis sueños se recluyen en el reflejo onírico de mi vívida realidad.

Mis ojos se ajustan a la luz mientras mi mente lógica batalla para discernir si las pesadillas eran solo producto de mi imaginación. Si hubo gente que realmente me visitó anoche. Si los eventos que atestigüé eran en verdad un presagio del futuro. Y si los miedos encarnados en bestias que me perseguían, eran, en verdad reales.

Pero ya no importa, mis obligaciones me conducen a un estado mecanizado para poder lograr mis deberes ordinarios. Pronto los asuntos de la noche se han olvidado, reemplazados  por el interminable ciclo de ver, pensar, procesar, actuar y producir.

Un producto llega traído por la banda transportadora: un libro, un electrodoméstico, maquillaje, o ropa, literalmente cualquier cosa. Evalúo las dimensiones y escojo el tamaño correcto de caja. La corto, adapto, pego, sello con cinta y finalmente estampo la calcomanía con el destino. Las maravillas de la cadena de distribución, me digo a mi mismo imaginando los distantes e inclusive exóticos destinos a los cuales todos estos paquetes deben volar o embarcarse. Y mi mente viaja con las ridículas ideas de empacarme a mí mismo y enviarme a una de aquellas direcciones que la computadora me instruye. ¿Qué pensaría el recibidor cuando abriese la caja y me encontrase adentro? ¿Ira? ¿Sorpresa? ¿Deleite? ¿Llenaría una orden de regreso de mercancía con la compañía? … tal vez.

Apaciguo mi mente inquieta mirando a mí alrededor, encontrándome rodeado de interminables líneas de estantes que asemejan altos edificios con calles angostas, congestionadas con el tráfico de los montacargas. Los habitantes de esta ciudad son los productos esperando ser embarcados. Esperando abandonar la totalidad de las masas por la tranquilidad de la individualidad. Esperando por dejar de ser un número más en una extensiva lista y convertirse en el único.

La banda transportadora finalmente se detiene, concediéndome paz para disfrutar mi almuerzo. Me desparramo en el suelo comiendo mi sándwich de jamón y aceitunas mientras miro a la ventana en la cima del muro. La pequeña ventana solo muestra una pizca del cielo azul. Corto un pedazo de papel y lo doblo en la forma de un avión, y entonces lo lanzo a los aires con la vaga esperanza de que logrará llegar a la ventana pero se estrella contra el muro unos metros debajo.

Doblo otra pieza de papel en un nuevo avión, más robusto y aerodinámicamente superior al previo pero mi nuevo intento impacta contra el muro a la altura correcta pero cargado a la izquierda, lejos de la ventana.

Pero aún el fracaso produce satisfacción—la satisfacción traída por los recuerdos.

Me veo a mi mismo de siete años, jugando con mi hermano mayor con los mismos aviones de papel, empujando nuestras imaginaciones para crear el avión perfecto como si pudiésemos montarlo y nos llevase lejos a uno de esos lugares que imaginábamos conocer. Pero me percato que en aquellos entonces teníamos los mismos problemas que el día de hoy, pero mi hermano se le ocurrió una brillante solución, “el problema es que los aviones agotan su combustible, es por eso que caen, pero un pájaro, va a volar por siempre mientras tenga en si la voluntad para volar,” él dijo, y desde ese momento solo hicimos grullas de origami que él había aprendido a hacer en la escuela.

Tomo el resto de la hoja de papel y creo dos grullas de origami lo mejor que puedo. Y antes de regresar a trabajar, me aseguro de que nadie me esté observando, escalo un estante al lado de la ventana y extiendo mi brazo para depositar ambos pájaros en el marco de la ventana, esperando que puedan encontrar su camino de regreso a casa.

Después regreso a la banda transportadora a seguir empacando los sueños de un millón de personas.

M. Ch. Landa

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