No enseñe a sus hijos a amar a los demás, enséñeles a ser honorables.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” se lee en Marcos 12:31. La mayoría de los cristianos crecieron escuchando que no había un mandamiento mayor que este. Amar. Amar a todos los demás como nos amamos a nosotros mismos. Paradójicamente, la interpretación de este mandamiento es particularmente desafiante para todos, porque de cierta manera suena incluso antinatural, considerando el hecho de que los instintos de supervivencia codificados dentro de nuestra personalidad humana primitiva siempre nos empujarán a buscar lo mejor para uno mismo y nuestros parientes.

Pero a pesar de no entender realmente su significado y de que fallamos en vivir el mandamiento en nuestra vida cotidiana, todavía se lo enseñamos a nuestros hijos. Tal vez porque en el fondo, también creemos que la solución a todos los problemas del mundo es el amor. El amor inmensurable.

¿Pero el amor realmente está cambiando a la humanidad para bien, o es solo nuestra ingenuidad aferrándose a la utopía de amor concebida por Jesucristo?

Desde el día en que nacemos, se nos enseña a amar a nuestros padres y parientes, pero también aprendemos a “amar” nuestros juguetes y comida favorita, y más adelante en nuestras vidas experimentamos el amor “romántico”. Hay tantos significados para el amor, que se hace difícil de explicar con palabras simples. Esto se debe a que el amor abarca una gama de fuertes estados emocionales y mentales. Y como todos los espectros en la vida, el amor tiene uno positivo y uno negativo, virtudes y vicios.

El amor como virtud representa el afecto, la compasión y la bondad y, como vicio, puede representar vanidad y el egoísmo.

El problema es que el amor, como todos los estados mentales, funciona como un filtro de nuestra experiencia cotidiana. Puedes ayudar a alguien porque “amas a esa persona”, pero de igual manera no ayudas porque “no amas a esa persona”. Cuando amas a tu pareja, estás dispuesto a compartir tus pertenencias, pero cuando llenas los papeles de divorcio es una historia completamente diferente, solo porque la fuerte emoción se mueve de un lado del espectro al otro.

El amor es irracional por naturaleza; por lo tanto, nuestro juicio se nubla en el momento de la toma de decisiones. La experiencia del amor tiende a ser central para uno mismo, individualista. La persona que siente las reacciones bioquímicas en su cerebro es la persona “enamorada”. Debido a esta razón, la idílica versión “desinteresada” del amor es muy difícil de establecer entre individuos, e incluso cuando podemos discutir sobre el amor “maternal”, no podemos privar de la ecuación el sentido de pertenencia de las madres. La diferencia se ejemplifica mejor cuando comparamos la relación de una madre y una madrastra con su hijo de hijastro, respectivamente.

El amor necesita ser fomentado. Los enlaces afectivos se generan a través del tiempo. Razón por la cual, no es realista esperar que alguien “ame a su prójimo como a sí mismo” cuando el vecino es, técnicamente, un extraño.

Entonces, si no podemos amar a nuestro prójimo, ¿cómo podemos garantizar que haya respeto y tolerancia dentro de una relación humana?

Creo que el honor podría ser la clave. Contrariamente al amor, el honor no es un estado mental, es un ideal. Honor es un vínculo entre el individuo y la sociedad. El honor se manifiesta como un código de conducta e incluye elementos como el valor, la caballerosidad, la honestidad y la compasión.

Samuel Johnson, en su libro Un Diccionario del Idioma Inglés (1755), definió el honor como tener varios sentidos, el primero de los cuales fue “nobleza del alma, magnanimidad y desprecio de la mezquindad” y, finalmente, tener “respeto” del tipo que “ubica a un individuo socialmente y determina su derecho de precedencia”.

Las principales diferencias que encuentro entre Amor y Honor son:

  • El honor es lógico. Una persona no sigue sus vísceras para determinar qué es honorable y qué no, por el contrario, ha aprendido a luchar contra sus deseos e instintos para adherirse al código.
  • El honor fomenta el respeto. El honor no enseña a amar a tus enemigos sino a respetarlos. Y la mayoría de las veces, el respeto es suficiente.
  • El honor fomenta la igualdad. El honor impide aprovecharse de alguien en necesidad e incita a descender a su nivel, humildemente, para poder mirar a todos como iguales.

Y finalmente, algunos podrían argumentar que, si el honor representa un código de conducta, desde la perspectiva religiosa, los Diez Mandamientos son un código de conducta, y es cierto, pero la religión vincula el comportamiento de una persona a un juicio hecho por un ser sobrenatural y un castigo o recompensa en el más allá, derrotando el propósito del aprendizaje condicional clásico. El honor, por el contrario, tiene un componente social de recompensa o castigo en forma de “reputación”, pero lo más importante, el honor como creencia es una herramienta de autoevaluación, que busca engrandecer el valor de un hombre de una manera más filosófica. El honor evita que un hombre robe no porque haya personas alrededor que puedan verlo cometer el acto, sino porque se ve a sí mismo, y eso es suficiente.

Teniendo en cuenta los tiempos que estamos pasando, creo que ahora es el momento en que las virtudes de respeto, compasión, honestidad e igualdad son las más necesarias en nuestra sociedad. Creer que la humanidad va a lograr la paz mundial promoviendo amar a nuestros enemigos puede ser ingenuo.

Crecí en una casa en la que mi abuelo les enseñó a sus hijos que un hombre sin honor no valía nada. Y no somos ajenos al dicho de que “un hombre puede morir por su honor” e incluso conceptos extremos como una “muerte honorable” acostumbradas en el pasado.

Tal vez es hora de comenzar a enseñar a nuestros hijos sobre las formas de honor. Nuestra juventud está creciendo en un mundo que cree que el respeto “debe ganarse”, y hoy en día tiene un precio. Y tristemente, el amor que les enseñamos no logra llenar ese vacío de respeto.

M. Ch. Landa

Volver arriba
Copy link
Powered by Social Snap