Miss Nepotismo

Su nombre era Maria. Ella no sabía que estaba predestinada a ser presidente algún día. Pero a su corta edad, como primer paso, todo lo que importaba a sus padres era ganar el título del concurso de belleza Miss Nepotismo. ¿Por qué no pueden ver todos lo hermosa y encantadora que es nuestra hija? Los alentadores padres dijeron.

Los padres tocaron a cada puerta del vecindario, llamaron a los parientes lejanos—aquellas direcciones de email incluidos en las tarjetas navideñas, pero nombres no incluidos en las oraciones de la cena de navidad—, y recordaron cada favor hecho a sus amigos desde la escuela primaria. Todos tenían que comprar un boleto, y todos así lo hicieron. No porque María fuese la más hermosa, sino porque los que ostentan poder son temidos, y aún más importante, son admirados.

Y ahora es tiempo de elecciones. Una temporada en la que no puede mirar al televisor, escuchar la radio o conducir en la ciudad sin ser acosado por los spots políticos de gente que no nunca conociste, que nunca se preocuparon por ti pero que súbitamente se convierten en tus nuevos mejores amigos y salvadores. Una situación que por alguna razón me hace recordar el cuento de La hormiga y el saltamontes. Adivinen quien es el saltamontes?

La política es un mal necesario para poder operar nuestra compleja sociedad. Pero considero que existe un factor que la corrompe en exceso, Nepotismo, que el diccionario de Oxford lo define como “La práctica entre aquellos con poder o influencia en favorecer parientes o amigos, especialmente dándoles trabajos” misma que podemos simplificar con otras palabras en: “Tomar algo que tu no mereces,” ¿Por qué? Porque existe alguien mejor preparado para esa posición.

Esa es la pregunta que me hago a mí mismo cada vez que veo publicidad política. ¿Es realmente él/ella el mejor preparado(a) para ser presidente? Y siendo completamente honesto la mayoría de las veces la respuesta es no.

Pero el nepotismo no es exclusivo de la clase política, es cultural, y más allá de eso puede ser rastreado hasta nuestra raíces tribales o inclusive una cuestión del ego humano.  Por ejemplo, frecuentemente recibo mensajes o etiquetas de mis contactos en redes sociales, invitándome, pidiéndome o inclusive ordenándome que apoye su participación—o de algún pariente o amigo—en algún determinado concurso para ganar un premio.

Yo nunca he recibido una invitación diciendo: “Hola estoy participando en el concurso X, aquí está el link, vota o da me gusta por el mejor.” ¿Acaso es tan difícil pedir “votar por el mejor” en vez de por mí? Y en el supuesto caso que seas el mejor, ¿Estas en posición de declararlo? ¿O es la audiencia (o votantes) quienes tienen el derecho de decirlo? Lo mismo pasa con los políticos.

¿Cómo puede un político egocéntrico que se adula a sí mismo en comerciales actuar de una forma humilde y desinteresada hacia su pueblo?

La política debe cambiar. Los políticos deben cambiar. Pero primero debe cambiar la sociedad. Porque somos nosotros los que fomentamos esa conducta, porque nosotros los admiramos, nos gusta la gente que ostenta poder. Si hacemos lo correcto, María, algún día podría convertirse en un líder que viene de su pueblo hacia su pueblo.

Somos nosotros quienes escogemos entre perpetuar el actual sistema o fomentar el cambio en la sociedad. Nadie más.

M. Ch. Landa

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