Mientras el Viento Llora Gentilmente.

Durante la creación, Dios primero susurró “sueño” e inmediatamente después él dijo “viento.”

“Tú eres el viento, el mensajero que portará los sueños en forma de palabras a los oídos de la gente.”

Una tarea intimidante sin lugar a duda, tantos sueños, un mundo de palabras, mucho que decir, tan poco tiempo.

Largo es el camino que viaja el viento, de norte a sur, de este a oeste. Su libertad se ha convertido en su prisión, porque es solo un admirador de la vida de la cual no es partícipe. El viento deambula en anonimato, todos están conscientes de su existencia pero solo un puñado lo conocen realmente.

Un día, en su esfuerzo por llevar el otoño, el viento se detuvo en la cima de una colina, curioso de un joven parado frente a un chaparro pero esbelto árbol con dos prominentes ramas que parecían brazos y una copa apenas cubierta con las hojas restantes del verano, ahora cafés y secas, simulando una cabeza. Aún con una obvia similitud humana, el árbol era bastante feo. Pero la situación no desalentó al joven quien declamó al árbol como un trovador a una damisela.

“Podría halagar tu belleza con mil palabras, pero sé que las has escuchado todas. Podría escribir un libro acerca de ti, pero ninguna portada le haría justicia como ninguna envoltura puede decorar a una rosa.” Repitió el chico una y otra vez diligentemente, ensayando su entonación hasta que lo hizo perfectamente. “Así que vengo ante ti pidiendo perdón.” Continuó el joven. “Lo siento. Lo siento porque te mentí. Te mentí, pero más importante, me mentí a mí mismo. Me forcé a creer que tú eras alguien más. Confeccioné mi realidad de falsedades. Que no te amaba, que no te necesitaba, que tu ausencia solo hería mi orgullo. Estaba equivocado acerca de ti. Estaba equivocado acerca de nosotros.”

Los brazos del chico cayeron desanimados y su vista se hundió en la cama de hojas secas que habían caído al igual que sus esperanzas.

“Pero quiero decirte,” murmuró el joven. “Que incluso si para ti es el final. Y a mis ojos jamás vuelvas a voltear. Mi amor por ti como una estrella siempre brillará. Porque mi corazón es incapaz de olvidar.”

El viento contempló al joven poeta mientras declamó un poema encantador que el viento estaba seguro que jamás iba a olvidar.

Cuando la oscuridad se asentó, el viento continuó su camino, pasando a través de una aldea al pie de la colina. El silencio fue roto por el lío causado por un hombre en su casa que caminó hasta la puerta pateando los muebles y arrojando utensilios. La puerta se abrió de golpe y una rata salió corriendo aterrorizada.

“No te atrevas a regresar bruja asquerosa,” el hombre gritó desde la puerta y arrojó un tazón de barro que se estrelló contra las piedras, esparciendo los restos de avena que estaba comiendo.

La rata corrió hacia el bosque cargando una rodaja de pan sin mirar atrás. Una vez que se encontraba oculta en los arbustos la rata finalmente se detuvo y dejó a su corazón palpitante descansar. Esta vez había estado cerca, pero una hogaza de pan bien habría valido el riesgo.

El viento contempló a la rata disfrutando de su bien merecido premio, pensando acerca de las palabras del hombre, meditando lo que una criatura como las retas debía hacer para ganarse la aversión de todos. ¿Podría ser porque eran feas? Pero el parecido con otras criaturas respetadas como los castores o los mapaches lo disuadió de ello. Todo lo que el viento podía ver era una criatura luchando por sobrevivir.

La pieza de pan calló del hocico de la rata y sus pupilas se dilataron.

El pan no era solo pan, era una trampa. Su agudo sentido del olfato la había traicionado. ¿Fue porque la adrenalina no le permitió oler el veneno embarrado en el pan? Era inútil tratar de ahondar en eso.

La rata se tambaleó fuera del arbusto con su respiración agitada. Su último deseo era morir calmadamente sin esconderse. Se recostó sobre el pasto sintiendo sus entrañas convulsionándose como si fuesen rasgadas por cuchillos. Calambres en los músculos de sus patas extendidas por encima de su cabeza contraían sus pequeños dedos como si tratase de atrapar las estrellas que decoraban el domo celestial.

El viento se entristeció contemplando su tormento. La una vez salvaje y energética vida de la rata se estaba desvaneciendo y dejaría esta tierra pasando sus últimos momentos en soledad, sin el confort de las palabras de cariño de sus seres amados. Aquellas palabras cálidas que tal vez nunca escuchó, naciendo destinada a llevar la maldición de clase—ser las desagradables creaturas que todos odiaban tanto. Ningún hombre nunca le dijo que era hermosa, encantadora ni especial. Ningún poeta se atrevió a componer un verso a las feas—a menos que fuese una tragedia.

El viento sintió una chispa de su nuevo propósito.

“Podría halagar tu belleza con mil palabras, pero sé que las has escuchado todas. Podría escribir un libro acerca de ti, pero ninguna portada le haría justicia como ninguna envoltura puede decorar a una rosa.” El viento llevó las palabras del joven a los oídos de la rata. “Que incluso si para ti es el final. Y a mis ojos jamás vuelvas a voltear. Mi amor por ti como una estrella siempre brillará. Porque mi corazón es incapaz de olvidar.”

La palabras aliviaron los últimos momentos de la rata, hasta que su pancita se aplastó liberando su último aliento y entonces permaneció inmóvil.

El viento conjuró un montón de hojas secas que cayeron sobre el cuerpo como lágrimas en un estanque poco profundo.

 

“A partir el viento se dispone ya,

Porque la estrella se ha marchado a otro lugar,

Mientras el viento llora sin cesar,

Y aunque muchos inviernos él se quedara a esperar,

Sabe que la estrella nunca volverá,

Porque el firmamento cruza como una estrella fugaz,

Dirigiéndose hacia donde el cielo encuentra el final,

Iluminando los sueños al pasar.”

 

“Tú eres el viento, el mensajero que portará los sueños en forma de palabras de amor a los oídos de todas las creaturas.”

M. Ch. Landa

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