Maratón paso a paso

Día tras día una mujer—que escasamente llega a los cuarenta—cojea por la acera fuera de mi trabajo de ida y vuelta. La primera bajo los primeros rayos del sol. La segunda vez cargando sus encomiendas bajo el ardiente sol del mediodía.

Tiempo atrás ella paseaba meneándose con su bastón cuádruple, tomando un descanso cada cien pasos para recuperar su aliento bajo una marquesina.

Después, un impaciente perro Chihuahua se unió a su peregrinación corriendo y deteniéndose en intervalos mientras espera a que su ama alcance su paso. Un día, el impetuoso cachorro la jaló con la fuerza suficiente para llamar la atención de cualquiera, pero en su caso, fue más que suficiente para tropezar. Incapaz para ponerse de pie, ella esperó hasta que un buen samaritano vino en su ayuda en respuesta a los ladridos de ayuda del perro.

La caída empeoró su ya deteriorada condición al punto de que el doctor le prohibió llevar su perro de paseo. Desde ese día, ella caminó las calles con otro perro—uno de peluche—colgando de su brazo mientras hacia su habitual recorrido. Una y otra vez.

El día de hoy, después de más de cuatro años, la observé durante su peregrinar empujando su andadera por la calle, ahora sin brazos disponibles para cargar su perro de peluche, pero con la misma determinación para llegar a su destino remoto—a unas cuadras de distancia.

Ustedes puedan pensar en culpar a la persona desalmada que le permite deambular a través de las peligrosas calles de la ciudad. Sin embargo, para aquellos que la hemos observado, sabemos que si caminar es algo común e irrelevante para nosotros, para ella en su discapacidad, es su vida.

En nuestro ir y venir por la vida, llegará un tiempo en el que no podremos hacer el viaje de regreso. No importará que tan lejos hayamos llegado, sino el esfuerzo puesto en cada paso para conseguir nuestra meta.

Mientras tanto, seguiré observándola con admiración, como completa un maratón cada día.

M. Ch. Landa

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