Lo hice a mi manera

Aquella tarde sentí que necesitaba una bocanada de aire fresco, un respiro lejos de la ciudad que a veces se torna tan sofocante. Partí en la búsqueda de un parche de verde varado en el enorme océano de concreto. Cuando invadí el oasis, la suavidad del pasto sobre mis suelas y el fresco susurro de los árboles restauraron mi vitalidad.

En mi deambular, me percaté que no estaba solo en mi pequeño paraíso, y cuando descubrí la identidad de mi acompañante quedé paralizado.

A unos metros de mi estaba una gran rata café que aparentemente había salido de una coladera que sobresalía de un cubo de concreto. Usualmente, las ratas son animales muy escurridizos que escapan al primer avistamiento de un humano en las cercanías—cosa que no sucedió esta vez. Mi curiosidad me empujó a acercarme al animal, y entonces me percaté que algo no estaba bien. La rata trató de regresar a la alcantarilla cojeando torpemente, por lo que su andar fue corto. La rata estaba temblando. Su vientre se inflaba y hundía acompañado de un doloroso jadeo. Sangre goteaba de su hocico. Había sido envenenada—concluí con tono funesto.

Observé al animal, que la mayoría de las veces nos referimos como “pestes”, que consideramos feas y asociamos su especie con un montón de adjetivos horribles por el hecho de vivir en las sucias cañerías, entre toneladas de basura creada y tirada por los humanos. Y de algún modo, aquí yacía el animal que consideramos desagradable, que escaló para salir de su escondite, solo para morir sobre una suave cama de pasto, bajo los cálidos rayos del sol para apaciguar el frío abrazo de la muerte—justo como a cualquiera de nosotros le gustaría.

El animal ya no era tan animal.

Pero mis sentimientos de simpatía fueron superados por la compasión.

Para ese momento, la rata se había acostumbrado a mi presencia, o tal vez el hecho de que su vida se le escurría la había golpeado. Ya no tenía nada que perder, así que me acerqué y me arrodillé a su lado.

La miré a los ojos preguntándome cuál era la historia detrás de su vida, ¿Había sido feliz? (En el caso de que ese concepto fuese comprensible por supuesto) Pero tal vez había comido suficiente, viajado suficiente, y había tenido docenas de pequeños roedores bebé … y aun así, se encontraba sola. Nadie estaba en su lecho de muerte salvo yo—un visitante de la misma especie de sucias y feas pestes que envenenan las alcantarillas.

Pero aunque fuese una compañía indeseada, nada entristece el morir más que la soledad, con la muerte superada por la cotidianidad de nuestras vidas egocéntricas.

Entonces, me senté sobre el césped y saqué mi celular de mi bolsillo. Inicié la aplicación de Youtube y busqué por una canción que reproducir en la alta voz.

“Y ahora, el final se acerca

Y yo enfrento el último telón

Mi amigo, lo diré claramente

Declararé mi caso, de lo cual estoy seguro”

Escuché a Frank Sinatra pensando en que nadie debe de morir solo.

“Remordimientos, he tenido algunos

Pero igualmente, muy pocos como para mencionarlos

Hice lo que tenía que hacer

Y lo vi sin ninguna exención”

Convencido de que cundo el momento llega, por lo menos alguien debe estar ahí para lamentar nuestra partida.

“Para qué es un hombre, qué es lo que tiene

Si no a sí mismo, entonces no tiene nada

Para decir las cosas que realmente siente

Y no las palabras de alguien que se arrodilla

El registro muestra que tomé los golpes

Y lo hice a mi manera”

Permanecí ahí, hasta que el dolor cesó. Contemplando el atardecer que para alguien, había sido el último.

M. Ch. Landa

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