La Muerte no es el Final

“La Muerte no es el final,” me dijo mi abuela mientras regaba las flores de su jardín.

“¿Y qué sigue?” Le pregunté ingenuamente cuando tenía nueve años.

Y mi abuela procedió a contarme una vieja historia. Una leyenda de su gente.

Según las creencias guaraníes, después de morir, el alma se separa del cuerpo y se esconde dentro de una flor, esperando que aparezca un ser mágico. El Mainimbú, el nombre guaraní de los colibríes, usa su largo pico para sacar el alma de la flor y la lleva delicadamente hasta el paraíso.

Desde ese día, me intrigaron los colibríes. Su asombrosa belleza, aunque pequeño y frágil, un colibrí puede aletear sus alas a una velocidad increíble, creando la ilusión de estar suspendido inmóvil en el aire. Pero en un abrir y cerrar de ojos puede volar y desaparecer.

Fue esa combinación de majestuosidad pero a la vez efímero lo que me atrajo de los colibríes.

Pero fue hasta muchos años después cuando me di cuenta de que los colibríes eran la metáfora perfecta para la vida. Cuando tenía 26 años. En el momento en que me desperté después de un accidente automovilístico. Incapaz de moverse, enlatada dentro de un auto aplastado, después de que un automóvil nos hubiera golpeado a la máxima velocidad… ¡Nos golpeó! ¡Mi esposo!

Apenas giré a mi izquierda, cuando mis párpados se desplomaron por el dolor insoportable que envió choques a lo largo de las vértebras de mi cuello, pero no hacia abajo. Todo mi cuerpo por debajo de mis hombros estaba adormecido. Inerte.

Intenté gritar su nombre, pero no salieron palabras, solo una erupción de sangre que venía de mis entrañas.

Logré abrir los ojos y lo vi.

Vi al amor de mi vida.

Estaba inmóvil, suspendido sobre el volante, inmovilizado de su hombro por el cinturón de seguridad. De su nariz goteaba sangre. Tenía círculos abultados color carmesí debajo de sus ojos.

Quería sacudirlo para despertarlo hasta que pudiese escuchar de sus propios labios que estaba bien. Pero incluso cuando su mano estaba a solo unos centímetros de distancia de la mía, era un viaje que no podía completar.

Entonces la desesperación me poseyó. Me sentí mareada, claustrofóbica, cuando me di cuenta de que estaba encerrada dentro de mi propio cuerpo. Fui incapaz de pedir ayuda pero no pude guardar silencio. Únicamente balbuceaba. No tenía la fuerza necesaria para forzarme a salir y vivir, pero tampoco la fuerza suficiente para resignarme a morir.

La carretera estaba vacía. Solo las gotitas de los líquidos del coche que se derramaban hacían eco en la aún oscura y fría noche, que el tímido Sol no se atrevía a romper su hechizo.

Nadie vendrá en nuestra ayuda, me decía a mí misma  mientras mi mente se nublada con pensamientos funestos.

Mi vista se empañó y pequeñas sombras comenzaron a circular alrededor de mí. Hice un esfuerzo por enfocar y todas las sombras se convirtieron en la pequeña silueta de un pájaro sentado en el parabrisas roto. Era un colibrí. Sus diminutos ojos oscuros me miraron, haciéndome recordar las palabras de mi abuela.

“Cuando ves un colibrí, es porque el alma de un ser querido vino a visitarte,” ella me explicó.”Los colibríes vienen para hacernos saber que las almas que se fueron antes que nosotros se encuentran bien en el paraíso.” Mi abuela me miró fijamente. “Un día, yo también me iré, pero regresaré a visitarte disfrazada de un Mainimbú.” Ella me deleitó con su tierna sonrisa.

“¿Cómo sabré que eres tú?” Pregunté ingenuamente. “¿Cómo te reconoceré?”

“Cantaré,” ella respondió.

“¿Los colibríes cantan?” Pregunté intrigada, sin recordar haber escuchado sus canciones.

“Sí lo hacen, pero solo al amanecer.”

Y finalmente, los primeros rayos de luz rompieron el hechizo de la noche, filtrándose a través del parabrisas destrozado, disipando el frío que había entrado en mis huesos. Las plumas multicolores del colibrí brillaban como luces de neón.

“Es hermoso.” Sonreí con esfuerzo, rompiendo la presa que contenía mis lágrimas dentro de mis ojos. Y con mis lágrimas corrían por mis mejillas, finalmente escuché la canción del Mainimbú.

Era Mozart.

M. Ch. Landa

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