La Mano de Dios

Religiosos y Ateístas creen—consciente o inconscientemente—en un orden supremo. Una sincronicidad, un flujo universal o una voluntad de proporciones divinas que dicta o influencia en un nivel el resultado de los eventos en nuestras vidas cotidianas. Mi abuela—una mujer de Fé—solía decir “Una hoja no se mueve sin la voluntad de Dios,” y yo siempre he vivido perplejo de esta mano oculta.

El otro día que llegué a la oficina, saludé a mi compañera preguntando “Cómo estuvo la película?”—el día anterior me había contado sus planes de llevar a su familia al cine—y su cara brilló con excitación y procedió a contarme sus peripecias.

Ella los llevó a ver una de esas películas increíblemente populares de superhéroes. Pero a diferencia de sus hijos, mi compañera estaba ten aburrida que se concentró en las golosinas y pronto terminó con el bote de palomitas y cambió el refresco del vaso a su vejiga. Despreocupa de la película ella voló al baño para atender su urgencia fisiológica, rogando a Dios llegar a tiempo antes de que una desgracia ocurriera.

Después de cumplir sus deberes corporales, ella regresó a su asiento—haciendo una escala a recargar las palomitas por supuesto—, y al llegar recordó que olvidó su bolso colgando en la puerta del baño. Ella abandonó la sala de cine nuevamente, esta vez con una urgencia mayor—urgencia económica. El camino al baño se sintió doblemente largo que la vez anterior, así que ella tuvo el doble de tiempo para rogar a Dios para permitirle llegar a tiempo antes de que alguien lo tomara.

“Por la grandeza de Dios,”—cito sus exactas palabras—ella recuperó su bolso y se sintió tan liberada que incluso disfrutó la última parte de la película.

Los créditos finales rodaban con un final feliz—¿por qué habría ser de otra manera en una película de superhéroes?—y la audiencia abandonó la sala de cine. Antes de llegar a la salida un celular sonó de entre los asientos. Su esposo siguió el sonido y encontró el teléfono extraviado y se lo entregó a ella cuando aún vibraba. Ella lo apagó y lo metió en su bolso.

Ella estaba tan feliz contando la historia no solo de como recobró su bolso pero además como la suerte le sonrió y encontró un teléfono celular casi nuevo.

En aquel momento, el escéptico de mí, imagino sobre como la mano oculta se involucró en el evento. Así que imaginen las súplicas de mi amiga fueron escuchadas por Dios y le permitió que un buen Samaritano dejase el bolso en su lugar esperando que la propietaria regresaría por él. Entonces, ¿el dueño del celular no rogó a Dios? O si lo hizo, ¿por qué sus plegarias fueron menospreciadas? ¿Acaso fue la misma mano la que dejó el bolso, la que tomó el celular?

Esto no es acerca de las implicaciones morales de “encontrar” o “robar” el celular sino acerca de la consciencia de la manifestación de la voluntad. La voluntad se manifiesta a través de nosotros. Nosotros creamos la voluntad. Nosotros somos la voluntad. Necesitamos ser consientes al respecto.

La mano es la misma en ambos casos. Es nuestra mano.

El hombre teme aquello que no entiende porque rechaza su idea de su autoría. Teme rendir cuentas sobre su responsabilidad en la creación. Es más fácil decir que Dios creó el mundo en siete días, para que después lo culpemos por los errores. Pero sin nosotros no habría planeta Tierra. Necesitamos percatarnos de que incluso los peores y más grandes eventos en la historia del hombre son el efecto cumulativo de la voluntad de las manos de todos.

Entonces, si todos queremos aparecer en los créditos de la película con un final feliz, ¿por qué no queremos ser responsables del cuadro de película que nos corresponde?

Mientras nos hagamos conscientes de nuestra creación, temeremos menos a la oscuridad, porque lo peor que podemos encontrar en ella es a nosotros mismos.

M. Ch. Landa

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