La Maldición del Futuro

Apenas nos habíamos saludado cuando el contorno de sus ojos se enrojeció y tres segundos después ella estaba llorando incontrolablemente llamando la atención de todas las personas a nuestro alrededor.

“Po-por favor perdóname,” ella tartamudeó con dificultad, luchando por contener sus lágrimas, cubriendo su rostro con sus manos.

Yo no supe que hacer o decir. Me sentí incómodo, avergonzado, pero más allá de eso, dentro de mí, me sentí culpable.

Esto es algo de lo que raramente hablo. Tal vez porque temo a lo que la gente dirá o quizá porque soy demasiado cobarde para soportar el peso que significa el destino de alguien más.

Desde que era un niño me atraían las cosas que no entendía pero que despertaban mi imaginación. Uno de esos enigmas era el futuro. El futuro tan elusivo a la distancia pero tan real cuando se para al frente nuestro. ¿Es posible predecir el futuro? Yo me preguntaba como todos los demás pensando cuan sorprendente sería tener la posibilidad de echar una ojeada en el futuro. Pero como la mayoría de las veces las cosas no resultaron como lo esperaba.

Durante mi adolescencia comencé a experimentar “sensaciones” que definí como pensamientos pre-cognitivos. Pero estos pensamientos llegaban a mi mente como un susurro, omitiendo el proceso cognitivo usual de la causalidad—que declara que una reacción jamás puede preceder a una causa.

“¿Cuáles serán los números de la lotería?” La gente me preguntaba cuando mencionaba tan peculiar condición—no realmente seguro si preguntaban para desenmascararme o porque estaban impulsados por la avaricia. Algunos inclusive pusieron en duda mi cordura argumentando que padecía Esquizofrenia o una personalidad esquizoide.

Después de ser analizado por un profesional que dio fe de mi cordura regresé a disfrutar de la vida de una persona normal que incluía muchos quehaceres, entre ellos, realizar los encargos de mi madre. Uno de los tantos era el recoger sus cosméticos que ordenaba por catálogo. Aquellos días hacía una desviación en mi camino a casa del trabajo para recolectar los artículos.

La vendedora era una señora casada, probablemente cerca de los cuarenta, madre de un niño y niña ambos menores de 10 años.

Con el tiempo lo que se suponía debía ser una parada rápida para recoger los suministros se convirtió en una conversación en la que ella me contaba sus aflicciones. Desconozco porque tenía la confianza para confesarse con una persona a la cual conocía sólo por nombre, pero lo hizo y no la detuve.

Por aquel tiempo ella no se sentía confortable en su trabajo y la relación con su esposo se deterioraba al grado de que ella temía una ruptura que ultimadamente condujera al divorcio. Por el lado positivo, ella me contó que su expatrona la estaba buscando para ofrecerle una posición para trabajar fuera del país, razón por la que ella no aceptó, “mi vida entera está aquí,” ella señaló.

Después de una larga plática escuchando sus tribulaciones y la descripción y acciones de un hombre que no conocía, sentí una extraña sensación, como si alguien susurrara palabras que yo repetí en voz alta sin meditarlas.

“Acepta la oferta de tu expatrona, empaca tus cosas y llévate tus hijos a comenzar una nueva vida. Huye sin decir una palabra a nadie, ni siquiera a tu marido y hazlo tan pronto como puedas, si puedes mañana, que así sea,” dije sin titubear.

“¿Qué?” Ella respondió visiblemente molesta, probablemente juzgándome de loco.

Después de un largo silencio ella empacó los cosméticos y me entregó la bolsa y me retiré del lugar.

De camino al auto comprendí su reacción. Llevarse a sus hijos lejos de su marido—el hombre que amaba—sin su consentimiento era un delito, y pensándolo detenidamente, yo—siendo una persona de principios—encontraba mis propias palabras igualmente inapropiadas. Sin embargo muy en el fondo sentía que era lo correcto y no sentí remordimiento por mis palabras tan severas.

El tiempo pasó y un día ella me llamó. Era extraño debido a que no había un pedido de mi madre—usualmente ella me llamaba o mensajeaba para notificarme de la llegada de los productos. Ella me dijo que necesitaba hablar conmigo y propuso tomar un café. Como me sentía aún en deuda con ella por mi comportamiento de la última vez acepté sin dudarlo.

Cuando llegué al café y me acerqué a su mesa apenas nos habíamos saludado cuando el contorno de sus ojos se enrojeció and tres segundos después ella estaba llorando incontrolablemente, llamando la atención de todas las personas a nuestro alrededor.

“Po-por favor perdóname,” ella tartamudeó con dificultad, luchando por contener sus lágrimas, cubriendo su rostro con sus manos. “Tenías razón.”

Tenías razón, ella dijo, palabras que al contrario de lo que pudiesen pensar no fueron recibidas con orgullo.

Resulta que una semana después de mi visita una demanda de divorcio llegó a su puerta pero no fue entregada por un abogado sino por policías que llegaron a su casa para llevarse a sus hijos. Su esposo había declarado abuso infantil que fue corroborado por la hermana de ella—quien para ese entonces era la amante de su marido. En pocas palabras su hermana y su marido hicieron un complot para quitarle a sus hijos y la casa y vivir felices para siempre, dejando a la mujer—esposa y madre—literalmente abandonada sin el permiso para ver a sus hijos y trabajando doblemente más duro para pagar los honorarios de los abogados en un intento para recuperar lo que le había sido robado. Para recuperar el pasado que el inclemente futuro le había arrebatado.

Mirándola llorar yo no supe que hacer o decir. Me sentí incómodo, avergonzado, pero más allá de eso, dentro de mí, me sentí culpable. Culpable por profetizar un futuro que ella no se merecía, que de alguna manera con declararlo habría puesto en movimiento la misteriosa maquinaria de las “causas” que traerían terribles consecuencias.

Sería grandioso tener la habilidad de mirar hacia el futuro aún así fuese solo una ojeada, solía pensar cuando era niño, pero ya no más. Se siente como una carga. Una carga que nadie quiere soportar.

Cuando estoy en conversaciones triviales con amigos y alguien considera sobre la posibilidad de que alguien genuinamente sea capaz de ver vislumbrar el futuro—una especie de superhéroe—, estoy convencido que durante nuestras vidas nos hemos cruzado con alguien con dicha habilidad, quizá más de uno, pero simplemente nunca lo sabremos. Justo porque esa persona jamás no lo dirá, aún que esa persona sepa con certeza que morirás mañana. Esa persona solo nos contemplará como nubes viajeras sobre un cielo azul, como las arenas del tiempo de deslizan por entre nuestros dedos.

Nadie es capaz de lidiar con “Tenías razón.”

M. Ch. Landa

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