La décima vida de un Gato.

“¡Largo huevona!” El hombre gritó y la gata salió disparada esquivando la botella de whisky que se impactó contra la puerta.

La vieja gata parda se refugió detrás de los cubos de basura al otro lado de la calle, vigilante de su amo que se tambaleaba por el pasillo hasta que azotó la puerta. Sus profundas cicatrices le susurraron que esta era la última vez y que la puerta permanecería cerrada para siempre. La gata testaruda se rehusó a aceptarlo y permaneció por semanas en los alrededores de la propiedad esperando que sus maullidos ablandaran el corazón de su amo y concederle una hogaza de pan o un lugar cerca del calefactor.

Sus cicatrices tuvieron razón.

La gata deambuló por la ciudad en búsqueda de un Nuevo hogar, el invierno se avecinaba y sus huesos eran demasiado viejos para soportar el frío, pero ganar la simpatía de los humanos no era tarea fácil para ella, los años le habían robado su pelaje de seda, su figura esbelta y sus tiernos ojos. De esa hermosa gatita que robaba suspiros a los visitantes de la tienda de mascotas solo quedaba una gata gorda de orejas despostilladas y pelaje desaliñado. El abuso la hizo olvidar los modales amorosos y ahora ella era una gata arisca llena de resentimiento. Debido a esto ella pronto se percató de que para poder sobrevivir tenía que encontrar una manera de hacerlo por sus propios medios.

Una noche la gata arribó a un callejón sin salida que parecía el lugar perfecto. Al final había una gran lavandería que trabajaba turno nocturno para limpiar las sábanas de los hoteles y el vapor caliente proveniente de la caldera podía proveer el calor necesario para resistir la helada y los basureros del restaurant Chino en la esquina eran el lugar perfecto para cazar alimento. Cuando ella estaba lista para acampar fue visitada por la bandada de ratas más grande que jamás haya visto. Su primer impulso fue el atacarlas pero aun cuando ella era diez veces más grande que una rata, era superada en números. Pensándolo bien ella escogió la diplomacia.

“Buenas noches,” ella dijo meneando su cola.

“Buenas Señora,” respondió la rata negra con manchas blancas y largos bigotes que emergió de la manada parada en sus patas traseras. “¿Puedo preguntarle que la trae a nuestra humilde morada?”

“Busco resguardo para protegerme del invierno,” respondió la gata sorprendida por la gentileza de la rata,

La rata se agazapó de regreso con la manada y discutieron en un lenguaje que la gata no pudo entender.

“Me temo que no puede quedarse,” la rata vocero dijo y las demás ratas la rodearon.

“!Esperen!” Dijo la gata preocupada. “Esto es solo temporal y no planeo hacerles daño. Además puedo ayudarles para ahuyentar los gatos que intenten venir aquí.”

La rata regresó a la horda y una discusión tuvo lugar nuevamente. “Te puedes quedar,” dijo la rata moteada. “Debes mantener tu promesa de evitar lastimar a todos mis hijos y podrás permanecer hasta que el invierno termine. Puedes comer del basurero el tofú, las papas y la soya, muchos de mis hijos son alérgicos al tofú.” La rata señaló. “Pero debes alejarte de las albóndigas, el pato, el cerdo y los fideos.”

La división hecha por la rata parecía injusta pero al no contar con opciones en la víspera del invierno, la gata aceptó la tregua, aun conociendo la reputación de la rata, un enemigo de su enemigo—los hombres—era su amigo, ella pensó.

Durante las semanas siguientes los dos lograron coexistir pacíficamente. Compartieron el alimento como lo planearon, la gata repudiaba el tofú, pero nuevamente, era mejor que nada y la caldera proveía calor suficiente para ella y la diminuta familia de doscientos miembros.

Los días de invierno pasaron lentamente en el mundo de ratones que comprendía el callejón. La gata se sentía solitaria y nostálgica, pero ser un gato tenía sus ventajas, todas las noches ella se recostaba en los tejados contemplando el cielo cubierto de densas nubes y sus angostas pupilas se abrían para permitirle observar la luna y las estrellas a través de las nubes y de vez en cuando una estrella fugaz que le recordaba los días de verano.

Un día, los dueños del restaurante chino empacaron y tomaron un taxi al aeropuerto para pasar las fiestas en China. El restaurante permaneció cerrado y al transcurrir de los días, los botes de basura se vaciaron. No más pato, ni chuletas de cerdo ni albóndigas, lo único que quedó fue el tofú y rápidamente el hambre sobrepasó la alergia de las ratas y los conflictos comenzaron.

Para el tercer día de escasez la tregua se rompió. Aún compartían el territorio y la calefacción pero la gata se vio forzada a buscar comida en otro lugar.

La gata deambuló por el vecindario entero en búsqueda de alimento hasta que encontró un edificio de apartamentos a tres cuadras de distancia con un tiradero lo suficientemente rico y surtido para que valiese la pena el viaje diario a través de las calles cubiertas de nieve. Ella mantuvo en secreto la ubicación de su descubrimiento, pero las ratas son seres celosos que constantemente se roban el alimento entre ellas, y sus miradas hacia la gata gorda no era tan corteses como lo fueron en un principio. Sin señal de la reapertura del restaurant la gata sabía que su tiempo se agotaba y pronto se convertiría  en solo un gordo bistec para las ratas conspiradoras, pero huir en aquel momento era igualmente peligroso que quedarse.

La noche siguiente, la gata emprendió su habitual viaje por comida a través de las calles desoladas, pero esta vez bajo una densa nevada. Era muy arriesgado, pero la gata era inteligente, ella sabía que las ratas no la seguirían, ellas odian el frio y la nieve borraría sus huellas antes de la mañana siguiente manteniendo su secreto a salvo.

La calle permaneció tranquila hasta que una mujer en llanto rompió el silencio. La mujer salió del edificio y subió a su carro. Abandonó el lugar con urgencia sin mirar atrás, dejando solo las huellas de su auto que se perdieron bajo la blanca cortina de nieve.

La gata había llegado tan lejos con este clima para marcharse con las manos vacías. Se apresuró hacia el contenedor de basura pero un llanto que provenía del interior la asustó. La cautelosa gata subió al muro lateral para echar un vistazo desde arriba y se sorprendió de su hallazgo, un bebe humano recién nacido que había sido dejado sobre la basura. El pequeño estaba desnudo temblando de frio, solo ligeramente cobijado con una franela.

Esta era una imagen familiar para la vieja gata, ella presenció la llegada de todos los bebes de su antiguo dueño. Los bebes son creaturas frágiles que en el clima inclemente perecerían en segundos. Quizá era lo mejor, pensó la gata, morir antes de que crezca y que traiga tanto dolor como el que le fue infligido a ella. Era el rencor hablando, pero ella estaba determinada a escuchar a sus cicatrices esta vez. Era mejor marcharse con el estómago vacío, ella decidió.

La gata aterrizó en el basurero y dio un último vistazo al bebe antes de marcharse. Quizá fue la nostalgia de los viejos recuerdos, pero ella permaneció contemplándolo más de lo planeado. Él bebe cesó su llanto encontrando confort con la presencia de la gata, olvidándose del frio y agitando sus pequeñas manos regordetas hacia la gata como si tratase de alcanzar a su madre. La gata dio media vuelta y antes de que pudiese completar diez pasos él bebe sollozó nuevamente.

El llanto erizó el pelaje en su espalda y recordó el sentimiento cuando sus gatitos fueron arrebatados de ella, demasiado jóvenes para defenderse de las inclemencias de la vida. Esa noche un bebe fue abandonado en este loco mundo y ella era la cosa más cercana a una madre que tenía el pequeño y su único medio de supervivencia.

La gata escaló de regreso y pensó en la única manera posible para mantener caliente al recién nacido. Ella se sentó sobre él y desparramando su gordo cuerpo—que odiaba tanto—para transferirle su calor. El bebé se relajó, pero la gata sabía que era vital el encontrar ayuda debido a que no podría cubrirlo de la nieve por la noche entera, ambos estarían congelados al amanecer, pero tampoco podía dejarlo ahí y marcharse en búsqueda de ayuda.

La gata maulló esperando que alguien pudiese venir en su ayuda. Lo hizo por tanto tiempo que su pelaje se cubrió de blanco y sus extremidades se entumecieron. La desamparada gata contempló a la oscuridad devorar la blancura de la nieve en la calle. La mancha oscura era conformada por el contingente de ratas que devoraban todo a su paso. La diplomacia y los modales eran solo un espejismo romántico que escondió la verdadera naturaleza de aquellos animales impulsados por sus instintos que se encontraban a un día del canibalismo.

El instinto de preservación de la gata entró en acción con pensamientos de abandonar al bebe y escalar el muro, pues a este paso ambos estarían muertos de cualquier manera, pero algo dentro de ella la hizo quedarse.

La ola de ratas babeantes avanzó sobre ella comiendo todo lo que había en el basurero. La gata peleó ferozmente lanzando zarpazos sin ceder una pulgada de espacio, pero la horda finalmente la envolvió. Los hocicos de las ratas la mordieron, sus garras rasgaron su piel y sus dientes arrancaron su pelaje. Después de satisfacer su hambre, las ratas se fueron de la misma manera que llegaron, pero esta vez dejando atrás la blanca nieve teñida de rojo.

La gata confirmó que él bebe estaba a salvo y se desplomó esperando a que el frio terminase el trabajo. Su último aliento de esperanza la abandonó y ella volteó al cielo para contemplar la luna menguante  y le regaló un último maullido.

Una chica se asomó al basurero atraída por el ruido. “Oh!” La chica exclamó cuando vio a la gata moribunda y esta reveló al bebe que yacía debajo de ella. “Dios!”  su mano cubrió su boca y rápidamente se quitó su chaqueta para envolver al recién nacido.

La chica se llevó al bebe dentro de su casa olvidándose de la gata herida que escaló con dificultad el muro para asegurarse a través de la ventana que el pequeño estuviese a salvo y en buenas manos. La nieve subió una pulgada en lo que llegó la ambulancia al lugar. Los paramédicos se apresuraron al interior y se llevaron al bebe con ellos. La gata los siguió hasta la ambulancia y las puertas se cerraron tras ellos.

La gata maulló  al pequeño en despedida y calló sobre la cama de nieve.

Las puertas de la ambulancia se abrieron nuevamente y un paramédico descendió para recoger a la gata moribunda, la colocó en la camilla al lado del bebe que expresó confort de un tipo cuando vio al felino.

Después de todo, en este mundo cruel solo se tienen el uno al otro, pensó el paramédico.

M. Ch. Landa

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