La conquista del espacio

Cuando era pequeño, como la mayoría de los niños, amaba los globos. Parecían tan mágicos. Una esfera flotando por encima de todos. Tan etéreos, que se tenían que atar al suelo para evitar que abandonaran la superficie y se perdieran en la inmensidad del cielo. Pero después de unos días, la magia siempre comenzaba a desvanecerse. El ímpetu del globo para volar se disolvía con el tiempo y, al final, simplemente rebotaba ligeramente sobre el suelo. Entristecido, siempre traté de ayudarlos, soplando aire fresco. Pero no importaba cuánto lo intentara, nunca funcionó. ¿Qué he hecho mal? Me pregunté a mí mismo, con mi mente ingenua observando al hombre de los globos, incapaz de entender cómo lo hacía funcionar. “Los llena de gas”, fue la respuesta que recibí de mis padres en ese entonces. Pero el aire es gas, ¿cierto? Me dije a mí mismo en ese entonces, ignorante de conceptos como la presión atmosférica y la densidad de diferentes gases. Pero a pesar de la incapacidad de reproducir el efecto de la levitación en un globo, nunca disminuyó mi fascinación por alcanzar el cielo.

A medida que fui creciendo, mis horizontes se expandieron más allá del cielo. Como un globo llevado por el viento, la ciencia ficción transportó mi mente al cosmos. Películas, dibujos animados, historietas y videojuegos, entre muchos medios, han explorado la inmensidad del espacio. Pero a pesar de las interminables interpretaciones, el universo sigue siendo intrigante, y en su mayoría inexplorado. Como humanidad, apenas hemos emergido para asomarnos al cosmos, eclosionando como un polluelo a través de la cáscara de huevo agrietada que con cariño llamamos planeta Tierra.

“Espacio: la última frontera” era la línea de apertura de Star Trek, poniendo énfasis en los interminables desafíos que el espacio plantea a la humanidad. Durante los últimos siglos, el hombre ha conquistado la tierra y el mar, e incluso se ha remontado a los cielos. Pero el espacio es tan extraño, tan hostil, tan diferente, que un ser humano por sí solo moriría en cualquier parte del universo, si no está encerrado dentro de la atmosférica cáscara de huevo de un planeta parecido a la Tierra.

Pero ¿qué tiene de atractivo el espacio para que estemos dispuestos a arriesgar nuestras propias vidas?

Creo que es porque incluso envuelto en un enigma, el cosmos esconde la respuesta a muchas de las preguntas que han atormentado a la humanidad desde nuestra existencia. ¿De dónde venimos? ¿A dónde nos dirigimos? ¿Hay más como nosotros? ¿Por qué estamos aquí?

Con la ayuda de nuestra tecnología, hemos imaginado un futuro de naves y trajes espaciales, vagando por las estrellas como huérfanos galácticos en busca de significado. Al igual que Darwin hizo en sus exploraciones, queremos seguir las pistas para rastrear el amanecer de la vida hasta su ocaso en una civilización más avanzada que la nuestra. Una lucha interna para encontrar el eslabón perdido con el homo galacticus, lo que confirmaría que la humanidad no está destinada a morir en reclusión. Para convencernos de que los humanos puedemos prosperar en el espacio y, con suerte, algún día podremos conquistarlo.

En estos días, vivimos una secuela de nuestra carrera espacial. Esta vez, no competida por naciones imbuidas de sentimientos belicosos, sino más bien con empresas privadas como Blue Origin, Space X y Virgin Galactic, inyectadas con intereses capitalistas que impulsan los viajes y la minería espaciales como las industrias del futuro. Como en los años 60, la gente ha comenzado a cuestionar la enorme inversión de recursos que requiere la humanidad para llegar al espacio, con un beneficio potencial que no supera las desventajas a los ojos de muchos. El aterrizaje en la luna disipó muchos de los comentarios negativos en aquel entonces con un testimonio de superación de desafíos y la fuerza de voluntad humana. Pero hoy, cinco décadas después, es difícil creer que la hazaña de poner un pie en Marte pueda transmitir el mismo mensaje de unidad a una humanidad aún dividida geopolíticamente.

Creo que es válido cuestionar el uso de los recursos de la tierra, pero también debemos ser justos y reconocer que muchos de los avances tecnológicos han llegado a la humanidad por medios menos honorables, citando la guerra en la cima. La mayor parte de la tecnología que disfrutamos hoy en día se originó como un subproducto de tales esfuerzos. Por tanto, debemos evitar la hipocresía tecnológica.

¿Creo que las empresas privadas o los gobiernos deberían perseguir la carrera espacial cuando tenemos muchos problemas desafiantes en casa?

Considero que creer que la humanidad puede llegar a los rincones del espacio (incluso a los de nuestra galaxia), es como creer que la versión infantil de mí podría llegar al cielo sosteniendo mi globo. La humanidad está en su infancia, luchando contra leyes que no entendemos completamente, desafiando las probabilidades de las propias limitaciones incrustadas por la naturaleza en nuestra especie. Todo esto sucediendo mientras depredamos a nuestro planeta.

¿Deberíamos entonces detener la exploración del cosmos?

Para la exploración espacial, debemos atenernos a la nave espacial más poderosa conocida por el hombre: nuestras mentes. La mayoría de los misterios del cosmos han sido desentrañados por una mente inquisitiva sentada en la comodidad de una casa, utilizando la creatividad como herramienta principal para probar la hipótesis dentro de los límites de nuestro planeta. Stephen Hawking, varado en su silla de ruedas, tenía una comprensión más profunda del espacio que la que tenían y probablemente tendrán todos los astronautas que han visitado el espacio.

El cosmos puede ser una frontera física, pero no mental. Cuando era niño, podía imaginar lo que pasaría si pudiera volar con mi globo. E incluso cuando esos pensamientos no me llevaron a ninguna parte, me dio la tranquilidad para aceptar lo que no podía entender en ese momento, y esperar pacientemente el momento en que tendría el conocimiento para descubrir la razón.

En un futuro lejano, la humanidad podría viajar algún día por el cosmos, pero para nosotros, como para aquellos humanos que nacieron antes de la conquista de los mares y el cielo, no debemos enfocarnos en llegar al espacio, sino en seguir soñando sobre hacerlo. Porque incluso cuando nuestros sueños pueden parecer inútiles, esos sueños son como las bocanadas de aire que soplaba a mi globo: incapaz de hacer que llegue a las estrellas, pero lo suficiente para mantenerlo suspendido galantemente por encima de nuestra realidad.

Entonces, sigue respirando y sigue soñando.

M. Ch. Landa

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