La Casa Maldita

Después de años de vivir separados, dos hermanos se reúnen forzados por un suceso inconveniente. El funeral de su padre.

“¿Cuándo fue la última vez?” Ambos pronunciaron al mismo tiempo aún en shock al contemplar las marcas dejadas por el paso del tiempo. Sintieron que fue desde su infancia que no se habían visto—a finales de los 70’s cuando portaban camisetas de Star Wars, no importa quien, ellos intercambiaban ropa en aquellos entonces. El hermano mayor, ahora un exitoso financiero portaba impecable traje sastre de lino, un pesado reloj suizo y un Smartphone que parecía estar pegado a su mano. El hermano menor,  un renombrado acupunturista y sanador de medicina alternativa, ambientalista y activista de redes sociales portaba un traje de franela, un rosario budista, pelo largo desaliñado y sandalias de cuero desgastadas.

La cola era larga para dar las condolencias a ambos dolientes.

Aquella noche sin fin ambos lamentaron y se quejaron por la muerte de su padre. Recordaron los años maravillosos que pasaron juntos y se lamentaron de nuevo hasta que las lágrimas se agotaron, el café se enfrió y los cigarrillos se convirtieron en cenizas.

Los dos devotos hijos cargaron el féretro en hombros y dieron un emotivo discurso de despedida a su amado padre.

Un regordete hombre de baja estatura y bigote retorcido interceptó a los hermanos después del entierro. Él se presentó con voz altisonante como “El Sr. Adolf Griffith, abogado del fallecido.” El los invitó a visitar su oficina al dia siguiente para mantenerlos al tanto de los asuntos de su padre. Los hermanos intrigados se miraron uno al otro, olvidando que los problemas de los difuntos terminan 2 metros bajo tierra, pero para los familiares, distan mucho de resolverse. Mr. Griffith limpió el sudor de su calva frente, extendió su tarjeta de presentación acompañada de sus condolencias y desapareció antes de que los hermanos pudiesen pronunciar una palabra.

Los hermanos eran ahora extraños en su pueblo natal, y como la mayoría de la gente que abandona su lugar de nacimiento para perseguir el éxito, ellos odiaban aquel lugar y no tenían plan en quedarse más tiempo. Sin embargo, con las noticias recibidas—y siendo hijos devotos—ambos accedieron a quedarse en la casa de su padre y a visitar al Sr. Griffith la mañana siguiente para resolver cualquier problema restante antes de partir.

Llegaron al 1144 de la calle Berkeley. La casa se sentía más pequeña de cómo lo recordaban, pero su padre había hecho un espléndido trabajo conservándola, por lo que para ambos fue como un viaje en el tiempo. El Hijo mayor se sintió orgulloso al ver sus diplomas colgando por los pasillos. El Hijo más joven se encontró sorprendido que su padre conservara todas sus pinturas y dibujos en su alcoba.

Ellos compartieron la mesa como cuando eran niños, con un vaso de leche y una rebanada de pastel de frutas cocinado por la anciana Señora Wellington, preguntándose cuan vieja era. “Tiene más de cien años seguramente,” señalo el hermano menor recordando que ella ya era una anciana durante su infancia. Pero el pastel era el mismo.

Después de la cena, ellos subieron a sus respectivos cuartos y los encontraron idénticos a como los dejaron la última vez. Como si la puerta se hubiera cerrado tras marcharse y nunca hubiese sido abierta hasta este momento. Era sorprendente, era mágico.

Durante la noche no pudieron dormir excavando los recuerdos perdidos entre los roperos que lentamente cambiaron la perspectiva que tenían sobre la casa. “Tal vez no es tan mal después de todo, pensándolo bien, es grandioso estar aquí,” los hermanos se percataron. El cansancio se acumuló durante la madrugada y durmieron.

“Lamento informarles,” dijo el Sr. Griffith retorciendo su bigote. “No estamos seguros sobre el paradero del testamento de su padre y me tomará cerca de una semana buscarlo.” El señaló las vastos y desorganizados libreros que parecían contener los anales de toda la historia del hombre.

Los hermanos tomaron esta noticia ligeramente, después de todo, ellos estaban teniendo un buen momento en la casa y ambos se merecían unas justas vacaciones, por lo que esta representaba la oportunidad perfecta. Ellos hicieron los arreglos llamando al trabajo para posponer las citas y a sus familiares.

Conforme transcurrieron los días, las alegres vacaciones que habían planeado en la casa se convirtieron en todo menos en tranquilas. Después de tantos años de no verse y con costumbres diferentes, pronto comenzaron a discutir. Primero por preparar café en vez de té verde, lavar los trastos y por comprar vegetales orgánicos en la tienda en vez de los fumigados con pesticidas. Después por un candente debate entre fumar marihuana en vez de cigarrillo. Y finalmente por escuchar a Pink Floyd en vez de Queen y U2. Ellos se percataron de que no podían vivir juntos, pero no dieron mucha importancia ya que al siguiente día, el Sr. Griffith anunciaría quién habría de heredar la casa—a la cual ambos ya estaban encariñados.

“Lamento informarles,” dijo el Sr. Griffith retorciendo su bigote. “Que su padre falleció inetestado y necesitamos presentar una carta administrativa y elegir un ejecutor, realizar un juicio de sucesión para que la propiedad llegue a ustedes… blah, blah, blah.” Los dos hermanos de miraron sin palabras. “Bueno, los llamaré cuando tenga el papeleo listo,” dijo el Sr. Griffith.

Los hermanos regresaron a casa en medio de un silencio incomodo que permaneció hasta la noche. Ambos pensaban en cuál era la mejor manera para proceder ante este contratiempo pero ninguno se atrevió a exteriorizarlas.

Esa noche, ambos fueron a la cama, y en el momento entre el sueño y la vigilia recibieron la visita de un inesperado visitante.

“Anoche,” dijo el hermano mayor tomando un pedazo de omelet con su tenedor. #mi padre vino a visitarme.”

“Yo también soñé con el.” Respondió el hermano menor tomando una cucharada de su avena. “Extraño verdad?”

“Vino a disculparse por no dejar su testamento, pero me dijo que su última voluntad era que yo debería de heredar la casa y que tu entenderías y acatarías su deseo.” Dijo el hermano mayor evitando la mirada de su hermano.

“Bueno,” el hermano menor limpió su garganta. “ A mí me dijo lo mismo, puesto que después de todo, yo fui quien le ayudó a construir el cobertizo.” Dijo casi colgando una medalla en su pecho. “así que yo soy el heredero legítimo de la casa.”

“¿Cobertizo? Te refieres a la caseta de madera que parece letrina y que solo sirve para guardar las herramientas?” Dijo irónicamente el hermano mayor. “Pero en cambio, yo le ayudé a reparar el pórtico, yo soy el legítimo heredero de la casa.”

“¿El pórtico?” El hermano mayor se carcajeó. “¿Te refieres a la coladera gigante con hoyos del tamaño de pelotas de golf? Tendré que invertir una fortuna en reparar el pórtico cuando herede la casa, solo porque TÚ no haces nada bien.”

“No creo que tu miserable salario vendiendo inciensos te permita pagar por ello, no puedes ni siquiera pagar por un par de zapatos y vienes a decirme que no hago nada bien? Por lo menos terminé la escuela.”

“Tú y tu desbordante ego,” dijo el hermano menor. “En vez del pórtico debiste de haber construido un letrero invitando a recorridos guiados para admirar los muros repletos de tu grandiosidad.” SU brazo surcó hacia el cielo.

El hermano mayor se puso de pié golpeando la mesa con ambas manos. “Y tu debiste haber trabajado en vez de perseguir tus sueños artísticos parasitando el dinero de mi padre!”

“Oh!” El hermano menor arroja la curchara sobre la mesa y se pone de pie. “¿Y que hay del dinero desperdiciado cuando chocaste el auto de papa en una borrachera?”

Los dos se miraron con su corazón galopante y un nudo en su garganta recordando los desagradables recuerdos que habían resucitado.

“Voy a hacer lo que mi padre no hizo cuando tuvo oportunidad.” Dijo el hermano mayor dejando la cocina y corriendo las escaleras al cuarto de su padre mientras su hermano permanece quieto escuchando sus pisadas. El hermano mayor abrió la ventana y arrojó las pinturas y dibujos enmarcados que aterrizaron sobre el patio, y el pasto no amortiguó la caída.

Ahogado en ira, el hermano menor recorrió los corredores arrojando al suelo los diplomas y cuando había terminado, tomó un martillo y salió de la casa para golpear el pórtico.

El hermano mayor bajó las escaleras a toda velocidad hasta la cocina donde vació las alacenas hasta que encontró un galón de combustible y se dirigió al patio para rociar la caseta de madera y encendió un fuego más caliente que el infierno. Después regresó a la cocina donde encontró a su hermano agitando un bate de beisbol.

“¡Te voy a matar!” gritó el hermano antes de ir a la carga. El hermano mayor esquivó el golpe y lo derribó y forcejearon en el suelo.

“No, ¡yo te voy a matar!” gritó el hermano mayor mientras lo ahorcaba. “Los budistas no pueden matar, recuerdas?”

El hermano menor consigue liberarse del agarre y lo golpeó.

Ambos pelearon ferozmente por minutos destruyendo todo a su paso hasta que el teléfono sonó. Después de varios tonos largos se separaron y finalmente el hermano mayor contestó sin aliento. “¿Diga?”

“Oh, habla Mr. Griffith, les llamé porque lamento informarles,” los hermanos pegaron sus orejas contra la bocina escuchando el retorcer del bigote. “El Señor Lee, vino y me trajo el contrato de compraventa que su padre hizo de la casa junto con la copia de las transferencia bancaria del pago, así que lamento informarles que el legítimo heredero es ahora el Sr. Lee.”

El teléfono permaneció muerto así que el Sr. Griffith continuó. “El señor Lee se disculpa por la tardanza en la notificación, pero no quiso ser intrusivo con estos asuntos durante su luto.”

No hubo respuesta en el teléfono por parte de los hermanos. “Bueno Señor Lee desea que desocupen la casa para el viernes.”

Los hermanos colgaron el teléfono.

“¿Qué dijeron?” Preguntó un preocupado Señor Lee leyendo la expresión del rostro del Sr. Griffith.

“Nada no se preocupe,” dijo el Sr. Griffith secando el sudor de su calva frente. “Usted sabe cómo es esta juventud, sienten que son dueños del mundo.” Golpeó la espalada del Sr. Lee. “Recuperaremos la casa… algún día, pero la conseguiremos.”

M. Ch. Landa

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