La Bella y la Bestia

El otro día tuve la oportunidad de atender a una pasarela “fitness,” la cual a diferencia de las pasarelas tradicionales, en vez de usar modelos pálidas y esqueléticas el escenario estaba lleno de mujeres bien ejercitadas y nutridas—que realmente prefiero, no tengo nada en contra de los cuerpos delgados, pero si tengo algo en contra de la hambruna auto infligida en aras del glamour, la anorexia no es ninguna broma.

Las hermosas chicas en forma se pasearon de lado a lado del escenario presumiendo sus cuerpos curvilíneos pero tonificados. Mis ojos se deleitaron con el festín visual no solo de las chicas en el escenario, pero también de las hermosas asistentes que se congregaron a celebrar el culto al cuerpo.

Al final del espectáculo abandoné el teatro extasiado, como si hubiese estado en la antesala del cielo. Pero mi felicidad se desmoronó en tristeza cuando puse un pie fuera de la puerta preguntándome cuando mis ojos tendrían la oportunidad de contemplar tal belleza de nuevo, esperando que por lo menos aquella noche pudiese soñar con las chicas encantadoras.

Elevé mis ánimos con el pensamiento de que era fin de semana y recordando el hecho que tenía una fiesta por delante. Así que manejé mi auto hacia la fiesta pero en mi camino hice una rápida parada por provisiones. Mi auto subió la rampa de la tienda de conveniencia con los faros iluminando a una chica que estaba sentada en la banqueta. Era una chica joven, escasamente en sus 20s, estaba sentada sobre una frazada deshilada, con una chaqueta deteriorada sobre sus hombros como su única protección contra el mordiente frío de la noche sin estrellas. Llamó mi atención que bajo las manchas de su cara y su cabello descuidado, tenía bonitas facciones.

Permanecí en mi auto mirándola cuando la realidad me golpeó fuerte en la cara.

Me sentí como Dante de la Divina Comedia, pasando del paraíso al infierno en un cambio de página sin Virgilio para que me pudiese guiar a una comprensión coherente del contraste abismal. Y no estoy hablando de pasar de bonitas modelos en forma a una “pordiosera,” sino de una chica a la cual con una vida diferente, diferentes decisiones de vida o quizá un destino diferente podría estar desfilando en un escenario en vez de un crucero.

¿Qué es lo que hizo que esta chica fuese la Bestia en vez de la Bella en este cuento sardónico que llamamos la vida real? Me pregunté.

Pero incapaz de contestar mi pregunta descendí de mi auto y caminé a la tienda mientras intercambiaba miradas con la chica. Vagué por los estantes desconcertado, tomando lo que pensaba podía necesitar y me formé en la caja. Después de pagar sentí el impulso de mantener un billete en la mano para la chica, tal vez motivado por la culpa, ilusamente tratando de compensar de algún modo lo que esta vida injusta no le había dado.

Regresé a mi coche tomando un desvío para arrojar el billete en una pequeña caja que ella protegía entre sus manos y me alejé sin realmente esperar un “gracias” no porque pensase que ella fuera ingrata, sino porque creía que no tenía la obligación de dármelas.

“No-no lo puedo tomar,” ella dijo.

Voltee sorprendido, “esta bien,” le dije tranquilizadoramente.

“No,” dijo obstinadamente. “No lo necesito,” dijo alimentando más mi desconcierto, preguntándome si su respuesta estaba alimentada por vergüenza u orgullo.

Me acerqué y ella extendió su mano sosteniendo el billete esperando que yo lo tomara, pero solo miré por encima a su caja que apenas contenía unas monedas.

“No, no puedo tomarlo,” Dije retrocediendo. “Es tuyo ahora.” Y sonreí percatándome como batallaron sus labios en formar una sonrisa.

Como si hubiese olvidado la última vez que había sonreído.

Como si sonreír fuese tortuoso.

Como si estuviese prohibido.

Como si sonreír fuse un crimen para las personas vagando por las calles.

Subí a mi auto y encendí el motor mirando a la chica a través del parabrisas incapaz de responder a mis preguntas. Incapaz de resolver los rompecabezas de la existencia. Me eché en reversa hacia la calle, esperando—como todos—que al remover las luces del escenario el telón caerá en esta realidad y remodelará una versión más amable, donde todas las chicas puedan ser Bella y nadie se burle de la Bestia.

M. Ch. Landa

PD. Si soñé con una chica.

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