Inocencia

Un propósito. Todo tiene un propósito.

Satisfecho con la creacióm, Dios se recostó satisfecho bajo la sombra de un frondoso cedro.

“Señor, tú me trajiste aquí para irradiar la luz de tu reino, alejando la penumbra para aquel que ha de venir después,” exclamó el Sol.

“Tú conoces mis deseos,” añadió Dios. “Tú serás la luz inagotable, la cual dejará su hallazgo en la sombra del hombre que camine en el día.”

Mi padre me contó esta historia, contada a su vez por el hombre más viejo de la tierra. Igual que él, creo que el hombre también tiene un propósito, una encomienda realizada por Dios  para cada uno de nosotros.

Cuando era niño buscaba firmemente para encontrar el designio de Dios, para encontrar mi propósito y darle sentido a mis actos. Ahora sin embargo me encuentro viajando, viajando en un tren sin luz, sin destino. Permanezco de pie rodeado por personas a las cuales difícilmente puedo ver el rostro. Pareciese que todos ocultamos algo más que el rostro, tratamos de ocultar el miedo, el miedo que sentimos por sentirnos solos.

Gotas de agua caen desde el apolillado techo del tren, como si la lluvia se transformase en llanto. Levanto mi cara para recibir unas cuantas gotas de aliento y apaciguar mi sed.

“Tú eres la Fe que mi pueblo necesita para abatirse en los dilemas que se le presenten,” dijo Dios al Sol con voz majestuosa. “Fe que perdurará hasta el fin de los Días.”

Finalmente un anciana jorobado rompió el insoportable silencio. “¿Alguien podría ayudarme?” Pronunció un anciano cerca de mí. Se encontraba observando  por un diminuto orificio en un costado del vagón que permitía el paso de un pequeño haz de luz.

“¿Qué desea anciano?” Respondió un joven.

“Antes yo tenía más de cinco ventanas por las cuales ver el amanecer, ahora ni siquiera tengo un alfiler que me permitiese hacer más grande el destello de luz que me acoge.”

Una mujer de tez pálida salió de entre las sombras y exclamó, “si en mis vestiduras existiera un alfiler que lo ayudara, me despojaría de ellas, pero si en estas yaciera un filoso punzón, lo clavaría en la luz para evitar su sufrimiento.”

En aquel momento nadie entendió las palabras de la mujer. No era tiempo aún.

“Señor, he de buscar el oeste,” habló el Sol a Dios. “¿Pero qué será del hombre cuando me haya retirado?”

“Cuando hayas partido, el hombre temerá y será presa de sus propios demonios.” Entonces el agitó su mano y pronunció palabras antiguas, demasiado viejas como para que alguien las entendiese y creó a la Luna a partir del reflejo del Sol sobre el océano.

“Tú serás la Esperanza,” dijo Dios a la Luna. “ El hombre que crea en ti no estará solo, pues has de ser tu la madre de sus hijos, y la que anuncie el nuevo Día.”

La madre es el primer ser que conocemos, el que nos hace diferentes. Recuerdo que mi madre era una mujer callada, pero sus ojos expresaban demasiado, como si cargaran con el peso de la verdad. Aún así con cada parpadeo se renovaban para dar cariño.

Al paso de la vigilia todos duermen, mecidos por el tren de un lado a otro, tranquilamente, pero el frio transforma las gotas en escarcha. el tren se detiene al ritmo del silbato despertando a todo el mundo. A través de los orificios del vagón el anciano jorobado y los curiosos contemplan el espectáculo: soldados armados corriendo y gritando, esperando por nosotros. Poniendo todo en su lugar para lo que será nuestro último destino. El campo rodeado por alambre de púas al cual la nieve no puede blanquear el sufrimiento que alberga.

La mujer tenia razón.

Los soldados abren el vagón vecino sacando a todos los pasajeros. Todos en mi vagón retroceden esperando esconderse de alguna manera, inclusive detrás de otra persona.El futuro se vuelve incierto. Introduzco mis manos a mis bolsillos, y encuentro mi último recuerdo del día que deje la casa de mis padres para iniciar este viaje forzado—una pareja de golondrinas que yacían a un costado de la puerta—el único equipaje que traje para este viaje.

Se levanta el cerrojo de la puerta ante la mirada cautiva de todos. Mientras yo coloco las golondrinas dentro de mi camisa, cerca de mi pecho palpitante.

Al abrirse la puerta, comprendo entonces, que la inocencia, eso es lo que la vida es.

M. Ch. Landa

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