El Pueblo de mis Recuerdos

Algunas veces me pregunto si nosotros, como almas, escogemos dónde queremos nacer.

Si es así, los padres son el primer y obvio aspecto de la elección, pero ¿qué hay acerca del lugar? Yo siempre he estado agradecido del lugar donde fui criado. Era un pequeño y tranquilo pueblo, tan pequeño que podías cruzarlo caminando en una hora y tan tranquilo que los gallos te despertaban por la mañana. El lugar era íntimo. La gente se conocía muy bien una a la otra, todas las tardes ellos sacaban sus sillas y se sentaban a disfrutar el atardecer mientras observaban a sus hijos jugar futbol en la calle como parte del ritual diario de una vida tranquila. La violencia era un concepto ajeno a sus residentes, algo solo visto en televisión, en una realidad muy distante.

Nada acontecía en aquel lugar. El tiempo parecía detenerse en una paradoja como las descritas por la ciencia ficción. Solíamos bromear diciendo que si el mundo terminase en una catástrofe, las olas de la destrucción se detendrían a las orillas del pueblo y la gente dentro de él viviría sus vidas cotidianas sin percatarse del apocalipsis.

Después de una infancia alegre dejé el pueblo, regresando esporádicamente con los ojos maravillados de un turista, identificando los cambios mínimos del pueblo que entraba en su pubertad para convertirse en ciudad.

Mi última visita fue hace unos días, una semana después de que el lugar se convirtió en noticia nacional. La pequeña ciudad albergó una violenta confrontación entre un grupo fuertemente armado de presuntos narcotraficantes con las fuerzas armadas locales y estatales incluyendo el ejército. Los noticieros reportaron un saldo de 11 muertos con solo dos bajas civiles.

A mi llegada, pregunté a diversas personas impulsado por mi interés acerca de los hechos. Al cruzar las referencias de testigos arrojó un saldo de entre 40 y 50 muertes incluyendo mujeres y niños. Y aparentemente el principal problema no fue las distribución de droga—aun considerando que la organización criminal tras los hechos trafica drogas—sino la venta ilegal de gasolina robada. Con los precios del combustible por las nubes en el país no me fue sorpresa que la venta de gasolina se esté convirtiendo en la principal actividad ilegal en la región—hay que aceptarlo, la gasolina genera más utilidades que la cocaína—, marcando la llegada de los traficantes de combustibles.

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Los días posteriores a la confrontación, la ciudad estaba vacía. No había sillas en la calle. No había niños jugando futbol. La gente estaba aterrada, escondida en sus casas. Había toque de queda.

Me fue imposible no preguntarme a mí mismo si yo había sido testigo de algún tiroteo por gasolina cuando ere un infante viviendo en aquel lugar.

La respuesta fue, .

Era apenas un niño cuando vi por primera vez a Mel Gibson sobreviviendo a un puñado de maniáticos criminales con una sed diabólica por la gasolina en Mad Max. Lo vi en esa distante realidad que llamamos ficción, sentado pacíficamente en mi sofá frente al televisor.

Al contemplar las fotografías y escuchar los testimoniales del evento era como si todo el tiempo detenido por años en aquella tranquila ciudad se desdobló en el abrir y cerrar de ojos para alcanzar la realidad de hoy en día. El una vez pacífico pueblo ya no existía.

Creo que será difícil para mí, si algún día llevo a mis hijos a aquel lugar y comparto con ellos mis vivencias el no parecer mentiroso cuando sean testigos de la contrastante cara del futuro.

Pero más que difícil, será entristecedor.

Aquel pueblo de mi infancia vivirá únicamente atrapado en los recuerdos, porque fue convertido en una romántica ficción al ser substituida por esa violenta ficción que usurpó la realidad.

Y esa realidad es aterradora.

Como dije, siempre estaré agradecido del lugar donde fui criado… Ocotlán.

Siempre recordaré el Ocotlán de mis memorias. No como el lugar agonizante y aterrorizado donde unos tontos secuestraron el futuro de sus hijos en un intento de probar que, de alguna manera, portar un arma es la cura para la estupidez.

M. Ch. Landa

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