El Problema de México es que está lleno de mexicanos…

De cara a los comicios electorales en México, la política es el tema de boga entre muchos mexicanos. Las redes sociales se han convertido en el principal campo de batalla dónde los usuarios atacan o defienden a los candidatos y partidos de su predilección. El común denominador que identifico en estos debates es el descontento y hartazgo generalizado de la sociedad por la situación actual que impera en el país: el clima de inseguridad, la corrupción, las reformas estructurales, la situación precaria de nuestras instituciones gubernamentales y la gran brecha económica entre las clases sociales, sólo por mencionar algunas.

El discurso generalizado de los mexicanos culpa a la clase política de los males que aquejan a nuestra nación, y muchos van más allá y elucubran el escenario en el que los políticos—cual villanos de James Bond—ejecutan un plan maestro sexenio a sexenio, en el cuál desangran de manera sistemática a un país rico en recursos naturales como el nuestro, anteponiendo el beneficio personal y manteniendo al pueblo mexicano en un estado anémico.

Lo cierto es que, ante tantos indicios, pocos se atreverían a descalificar la veracidad de este escenario maquiavélico de nuestro gobierno.

Y ya que esto no es ninguna novedad, es por eso que me causa tanta sorpresa como los mexicanos nos dirigimos de manera tan despótica hacia la “clase” política, con tal fervor no visto desde la Alemania Nazi, que me hace sentir como si en nuestro subconsciente creyésemos que son una raza enteramente diferente: no mexicanos.

Sin embargo, por más que queramos alienarnos de esa raza opresora, resulta crucial reconocer que quien nos subyuga, emergió de nuestras propias filas.

Entonces me pregunto, ¿realmente nuestra sociedad mexicana es un caldo de cultivo para gestar a la clase política de la cual tanto nos quejamos?

Y en un ejercicio catártico, basta voltear alrededor para percatarnos…

El Problema de México es que está lleno de mexicanos que glorifican la cultura del “chingón,” que su propósito es lograr el éxito con el mínimo esfuerzo, que no está dispuesto a sacrificarse por un bien mayor y muchas veces logra sus objetivos rompiendo las leyes y anteponiendo sus “derechos” (por atribución personal) sobre los derechos de los demás.

El Problema de México es que está lleno de mexicanos que glorifican la cultura del “no pasa nada,” dónde podemos torcer nuestros valores y poner a la venta nuestra ética por conseguir lo que deseamos, haciendo alusión a que nuestras pequeñas fechorías hechas dentro del marco de la clandestinidad de nuestra percepción, no suman colaborativamente a los grandes males que aquejan al país.

El Problema de México es que está lleno de mexicanos que idolatran la opulencia de manera ególatra, dónde no importa como haya obtenido sus riquezas una persona, siempre y cuando pueda obtener un beneficio personal de esa persona.

El Problema de México es que está lleno de mexicanos que reclaman los placeres de la vida pero atribuyen su culpa a Dios, donde creemos expiar nuestros pecados depositando limosna cada que pasan la charola en misa como devoto católico, pero al mismo tiempo creemos firmemente que Dios nos ha puesto en este lugar para tomar ventaja de la situación, con el bien conocido dicho “Dios no te pido que me des, pero que me pongas dónde hay,” así signifique arrebatarle los bienes a otra persona.

El Problema de México es que está lleno de mexicanos que creemos que no somos responsables de nuestra “clase” política, pero déjame decirte que, cada vez que tú: das una mordida para evitar pagar una multa, pides dinero y no pagas, te haces “la pinta” en la escuela, te metes en la fila de autos esperando dar vuelta, no respetas los señalamientos, no regresas un objeto extraviado que te encontraste, mientes, sobornas, te pasas un alto, difamas a una persona, robas, plagias, eres desleal, te aprovechas de las personas, rompes cualquier ley de conducta en general y todo un sin número de etcéteras más, estas contribuyendo a gestar esos políticos del futuro. Esos políticos faltos de integridad, que no se guiarán por los estatutos de igualdad y que se mostrarán indiferentes ante la desdicha ajena.

Y entonces, ¿cuándo podrá tener México los políticos dignos que creemos merecernos?

En el momento que yo pueda dejar mi cartera en el asiento del metro y de una vuelta entera a la ciudad y al regresar al punto de partida siga ahí.

Cuando no necesitemos la presencia de cámaras de vigilancia o elementos de seguridad para obligarnos a seguir la ley.

Cuando los ciudadanos podamos caminar por cada metro cuadrado de este país sin miedo.

Cuando todos como sociedad velemos por la integridad y los derechos de cada persona sin importar edad, género, preferencias sexuales, etnicidad o estrato social.

Cuando valoremos el esfuerzo y dedicación de una persona por alcanzar el éxito en vez de venerar a narcotraficantes, funcionarios públicos corruptos, delincuentes y todos aquellos que operan fuera del marco de la legalidad.

Cuando dejemos de ser religiosos y aceptemos conscientemente el hecho de que nosotros somos los principales artífices de la creación de nuestro bienestar o sufrimiento.

Cuando nos demos cuenta que el bien o mal que hagamos a nuestro vecino regresará a nosotros no por una ley kármica, sino por una acción y reacción tan distante una de la otra que resulta inconcebible atribuirlas.

¿Se puede lograr la tan ansiada transformación?

Por más que me gustaría decir que este cambio se puede lograr con nuestro voto este 1ro de Julio, la realidad es que el campo de batalla para este conflicto no es en las urnas. Es en cada individuo, en los hogares, en las escuelas, en los centros de trabajo, en la sociedad en general, ya que nuestro problema no es de ideologías políticas, es de cultura, y lamentablemente la única forma de transmitir una cultura de honestidad a nuestras nuevas generaciones es con el ejemplo.

ejemplo.

Nuestro ejemplo.

Estoy convencido que de México también está lleno de mexicanos ejemplares y que somos más los mexicanos que queremos este cambio, pero no será un camino fácil, y aunque no logremos esta transformación hoy, ni mañana, lo más importante es comenzarla.

M. Ch. Landa

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