El Hombre con los Mil Nombres

“Desde tiempos inmemoriales el hombre ha estado consciente de fuerzas misteriosas que lo rodean,” el presentador se dirigió al público abarrotando el teatro. “Fuerzas imperceptibles al ojo humano, pero que nadie se atreve a negar su existencia—¡Magia!”—dijo alzando su mano teatralmente—“Es un honor para mí presentarles a la persona a la cual su nombre es sinónimo de misterio.”

“Mi señal,” murmuré a mí mismo, parado tras las cortinas detrás del escenario, asegurándome de que mi corbata de moño estuviese propiamente alineada.

El presentador se hizo a un lado extendiendo su brazo, “¡¡¡Por favor reciban, al magnífico Harvey y su fabuloso show mágico!!!”

Las cortinas aterciopeladas color carmín se levantaron y el ensordecedor aplauso de la audiencia inundó el escenario. Inhalé profundamente y caminé al centro del escenario, me retiré mi sombrero de copa para saludarlos con una reverencia y comencé mi show de Sábado por la noche con el truco más sencillo—mi favorito. Presenté el interior vacío de mi sombrero  a la audiencia y procedí a girarlo rápidamente con mis dedos y después de un par de vueltas un canario se materializó de la nada. El ave voló y dio vueltas alrededor del teatro seguido por los ojos de asombro de la audiencia que recibieron el truco con una ovación.

Mi hermosa asistente me ayudó empujando el carrito portando el ataúd de madera para nuestro próximo acto. La ayudé a entrar  en él y cerré la cubierta con un candado dejando su cabeza y pies colgado de fuera. Tomé un serrucho y sujetándolo en lo alto pronuncié las palabras mágicas. Entonces serruché el ataúd a la altura de su cintura ante la mirada sorprendida de los espectadores y la emoción creció conforme el serrucho llegó abajo.

Cerca de terminar, las luces se apagaron en una aparente falla eléctrica y me encontré sumergido en una oscuridad insoluble. Sorprendido volteé a ver mi mano que sostenía el control remoto en vez del serrucho y la televisión en frente de mi mostraba solo estática.

“Ese sueño de nuevo…” Dije sintiendo mi boca seca, pero con el dulce sabor de revivir mis años de juventud como solo los sueños pueden lograrlo.

Corrí mis manos sobre el sofá sintiendo la tela para “aterrizarme” en mi realidad, de regreso en mi oscura sala y no en el teatro. Aún desorientado, observé como la oscuridad predominante en el cuarto se reunió en la esquina detrás del televisor, formando una silueta humana que emergió de ella.

La densa sombra se refiguró en un hombre con una capucha que me volteó a ver con sus brillantes ojos verdes que parecían que refractaban la escasa luz del cuarto como joyería cara. Petrificado observé como caminó hacia mí y sentí una pesadez que se incrementaba con cada paso que daba, restringiendo mis movimientos. Mi mano sujetando el control remoto tembló pero su mano sujetó mi antebrazo y su presencia abrumadora transfirió una sensación electrizante que corrió sobre mi piel. Se reclinó sobre mí, pero aun teniendo su rostro frente al mío no pude reconocer su rostro, sus facciones se tornaron borrosas, perdidas en una oscuridad impenetrable. Pero sus ojos, cambiantes como caleidoscopios, era hipnotizantes. Relajantes. Jubilosos.

“Qu-que—cua… hermosos,” Murmuré.

Sus labios se movieron pero no salió sonido de su boca, pero si escuché sus palabras dentro de mi cabeza, como si hubiese susurrado dentro de mí mismo. ¿Crees en la magia Harvey?” Dijo la voz calmante.

“Si creo.”

“Mentiroso,” el respondió arrastrando su voz y estrechando sus ojos.

El miedo me poseyó. “Yo-yo-yo solía—pero ya no soy joven.”

Los ojos de la sombra se tranquilizaron.

“¿Quién eres?” Pregunté.

El hombre inclinó su cabeza con sorpresa. “Tengo mil nombres.”

“¿Qu-que es lo que quieres de mí?”

Después de un largo silencio el finalmente respondió “Ven conmigo Harvey, tengo algo que mostrarte.” La sombra caminó hasta la ventana que enmarcaba una extraña luna llena color rojizo, rociada con copos de nieve. La ventana de madera se abrió automáticamente, como si fuese abierta por el mismísimo aire helado que hizo su camino hasta mi vida acogedora.

 

Usualmente nunca recuerdo mis sueños, y las extraordinarias ocasiones en las cuales logro recordar que pasó, eran solo cosas sin sentido que tendía a olvidar rápidamente. Me percaté que era un desastre para memorizar las cosas desde temprana edad cuando mis bajas calificaciones en la escuela me causaron muchos problemas con mi padre—para un niño que soñaba con convertirse en científico, era difícil para mí el aceptar que era incapaz de lograrlo. En aquel entonces, acostumbraba a escaparme de mis quehaceres y soñaba despierto con crear una máquina del tiempo en el granero. Mi padre siempre decía que mis deseos de regresar en el tiempo solo estaban motivados por la muerte de Andy—mi perro Golden Retriever que había muerto hacía dos veranos—y no por verdadero interés en la ciencia.

Mis sentimientos reprimidos encontraron un mayor obstáculo en mi frustración, al punto de convencerme a mí mismo de que solo la Magia tendría la habilidad para cambiar las cosas que me disgustaban. Para el momento que me inicié en lo métodos de la magia, atestigüé el truco de magia que cambió mi vida.

Una mañana, mi papá súbitamente desapareció.

Sin otra manera de sobrevivir, fui forzado a trabajar duro desde temprana edad. Con mis obligaciones consumiendo la mayoría de mi tiempo, relegué la magia a tan solo un hobby que practicaba por las noches antes de dormir. Los años de práctica clandestina finalmente rindieron frutos cuando un productor de televisión me vio haciendo un truco de cartas en el bar en el que trabajaba. Aquel acto de magia me recompensó con una aparición semanal en un show de variedades que me sirvió como peldaño para construir mi prestigio y que me permitió tener, tiempo después, mi propio show de televisión—algo impensable para mí en aquel entonces.

 El Fabuloso Show Mágico de Harvey se convirtió no solo en mi boleto de salida para los trabajos desagradables, sino una oportunidad especial para dedicarme a algo que realmente me fascinaba. La Magia.

Durante muchos años el público sintonizaba mi show con entusiasmo, pero conforme el tiempo pasa, te vuelves obsoleto y la fama es algo tan efímero como una ave exótica que vuela de tus manos y mi show en horario principal se convirtió en solo un segmento transmitido a altas horas de la noche entre las demostraciones de productos en los canales de tele mercadeo. Trataba de permanecer despierto, pero muchas veces el cansancio en mis hombros y la pesadez en mis párpados después de un día de trabajo duro, evitaba que mirara mi show.

 

Mi aliento se condensaba en el aire helado y a cada paso mis pies se hundían en la carpeta de cinco centímetros de nieve que había emblanquecido las calles desiertas. Cuando llegas a la tercera edad y tus mejores amigas son las píldoras que calman tus dolores, hacer una caminata a media noche bajo este clima es la peor idea.

“¿Estabas escuchando lo que acabo de decir? ¿A dónde vamos de cualquier manera?” Dije pero mis palabras fueron devoradas por su silencio que únicamente alimentaban mi curiosidad por saber si la sombra aún caminaba detrás de mí.

“No mires atrás,” él dijo con voz áspera. “Te dije que no voltearas atrás. Caminamos, eso hacemos.”

“Eso es obvio,” respondí irritado. “Pero estamos a más de veinte cuadras lejos de casa. Mis dedos están entumidos y el frio penetra en mis huesos. Por lo menos debimos de haber traído el auto.”

“A donde nos dirigimos, no hay necesidad de apresurarnos. Llegarás ahí de cualquier manera.”

“¿De qué hablas? Será mejor que me digas ahora mismo a dónde nos dirigimos, si no quieres que—”

“Harvey, si pudieses mirar al futuro, las consecuencias de tus acciones, ¿te atreverías a cambiar el pasado?

Me detuve en shock por sus palabras. La lámpara en la esquina de la calle que apenas habíamos pasado proyectaba mi sombra sobre la nieve, pero no pude encontrar su sombra por ninguna parte. No había prueba de que no estaba vagando solo por la calle desierta.

Inhalé profundamente. “No hay futuro para mi aquí.”

“¿Así lo crees? Mira cuidadosamente. Alguien morirá aquí,” escuché su voz susurrando.

Me volví atrás asustado y corroboré que mis miedos se habían vuelto realidad. Sólo una línea de huellas podía rastrearse a lo largo de la calle y yo estaba parado dentro de un hueco en la nieve con la forma del cuerpo de hombre. Como si hubiese muerto ahí previo a la nevada y su cuerpo haya sido removido. Me paré afuera de él.

“¿Y qué?” Grité enojado, sintiéndome estafado. “No me importa. Tengo cosas más importantes de que preocuparme.”

Caminé de regreso a casa cuando su voz intrigante murmuró detrás de mí, “¿Has cambiado tanto como para no reconocerte a ti mismo?”

Mis huellas en la nieve parecían volverse pequeñas a la distancia, como si hubiese sido un niño cuando comencé este viaje.

“Realmente has cambiado Harvey.”

Sus palabras hicieron eco en mi cabeza mientras mi mente rebobinaba mis recuerdos con el ímpetu de una montaña rusa. La sensación migrañosa me dobló hasta mis rodillas y con mis manos apreté mi cabeza por las sienes para evitar que explotara. Las imágenes finalmente se detuvieron en su imagen.

“¿Aún sientes resentimiento hacia tu padre?”

“¿Tú qué sabes acerca del resentimiento?” Balbuceé pero él no respondió. “Mi pad—Irwin” Me corregí a mí mismo. “Él-él me abandonó. Prefirió embarcarse en aquella horrenda Guerra. ‛Tengo que cumplir mi deber’ dijo pomposamente cómo si el criar un hijo no fuese deber suficiente. Cómo si el pelear la guerra de alguien más fuese excusa suficiente para dejar un huérfano.”

“Irwin dice que lo siente—” Él dijo.

“¡Era yo! ¡Yo era su responsabilidad, no la guerra!” Lo interrumpí y golpeé mis puños contra la nieve. “Pero él nunca tuvo el coraje—nunca tuvo los cojones para aceptar que nunca quiso tal responsabilidad.” Mi respiración se tranquilizó después de liberar mi furia. “Yo era demasiada responsabilidad para el irresponsable que él siempre fue.”

“Irwin dice que entiende que nunca lo perdonarás,” añadió como si estuviese al lado de él.

“¡Silencio! Mi padre está muerto. Él murió en el momento que desapareció frente mis ojos. En el momento en el que se marchó por ese camino. Él está muerto desde que desapareció detrás del bosque…” Exhalé. “Y así siempre permanecerá—ausente.”

Cuando recuperé mi serenidad analicé mis huellas de cerca, reconociendo un rastro de un perro al lado del mío. Me puse de pie y miré alrededor.

“¿Andy?” Titubeé mirando a una sombra con forma de un perro Golden Retriever detrás de un bote de basura. “¡Andy! ¡Ven aquí chico!”

Pero conforme me acerqué me percaté de la ilusión, el truco perpetrado por mi mente y un montón de basura.

El viento arrastrante trajo de regreso la soledad de mi pasado como una vieja canción tocando acordes de nostalgia.

Pateé el basurero intentando asesinar el dolor dentro de mí, pero mirando a la basura diseminada ni siquiera pude encontrar restos de paz.

El control remoto del televisor calló de mi mana y se impactó contra el piso despertándome. Me encontraba sentado en el sillón de mi sala en frente del televisor transmitiendo una película. Recogí el control y la apagué exhalando, tranquilizado de encontrarme en el confort de mi casa, pero mi aliento se condensó ante mis ojos. Miré a la ventana y me percaté de que las cortinas se ondulaban empujadas por el aire helado. Vencí el entumecimiento que se había apropiado de mi viejo cuerpo y me puse de pie con esfuerzo para cerrar la ventana con la extraña sensación de que no la había abierto.

 

Usualmente nunca recuerdo mis sueños, y las extraordinarias ocasiones en las cuales logro recordar que pasó, regreso a dormir y me olvido acerca de lo que había soñado.

“¿Podría apresurarse de favor? No tengo todo su tiempo,” Una presuntuosa señora copetona me dijo golpeteando el mostrador con sus largas uñas rojas.

“Lo siento,” dije pasando el detergente frutal sobre el lector—el último artículo de su larga lista de despensa. “Son noventa y ocho dólares y cuarenta y nueve centavos señora.”

“Este es el motivo por el cual las tiendas deben pensar dos veces antes de contratar ancianos,” dijo arrojando un billete arrugado de cien dólares.

“Que tenga un lindo día,” le dije pero ella no respondió. “Otro día bendecido en el paraíso,” me dije sarcásticamente a mí mismo, pero al mismo tiempo siendo agradecido en el fondo por tener un empleo—todo un reto para un hombre de mi edad.

 

Mi turno terminó y recogí mis cosas, me puse mi chamarra y salí del supermercado bajo un opaco cielo gris. Una cubierta de escarcha sobre las escaleras de concreto las había vuelto resbalosas, por lo que me sujeté cuidadosamente del pasamano para prevenir un accidente. Finalmente llegué a mi carro y encendí la calefacción frotando mis manos.

La noche calló mientras manejaba de regreso a casa a través de las calles escuchando buena música en el radio para desviar mi mente del clima despiadado. Mi aliento se condensó opacando el parabrisas. Los faros de los autos aparecían a la distancia como faros distantes en un océano poblado con neblina.

El radio comenzó a recibir interferencia hasta que perdió la señal. Recorrí la aguja de izquierda a derecha y de regreso buscando otra estación pero cualquier intento parecía fútil. De pronto, para mi sorpresa, sintonizó una señal en medio de la estática.

“… Habla el teniente Irwing Lovelock, me escuchan? ¡Cambio!” Escuché que la transmisión cortándose en medio de la estática. “Por favor alguien responda… fuimos sorprendidos por fuego enemigo, mis hombres están todos dispersos…”

“¿Padre?” Dije con sorpresa reconociendo su voz y entonces escuché un ruidoso claxon y cuando volteé al camino vi un par de luces cegantes en frene de mí. Torcí el volante y presioné el freno pero era demasiado tarde, pues ya había impactado un hidrante. Fui catapultado a través del parabrisas como todo buen conductor con el mal hábito de no usar el cinturón de seguridad. Volé despedido en medio de una lluvia de cristales hasta que colisioné contra un muro de ladrillo.

Abrí mis ojos mirando a la blanca luna llena que se asomaba entre las nubes oscuras como si lo hiciera especialmente para mí. La imagen de la luna se tornó rojiza cuando la sangre corrió de mi frente cubriendo mi ojo. Miré a un lado y me percaté de un montón de gatos alimentándose de la basura dispersa alrededor de un bote de basura. La calle parecía más oscura que nunca, pero aún en mi condición pude reconocer el lugar. El mismo lugar en el que estuve anoche en mis sueños. Pero más importante, reconocí sus ojos a la distancia, los brillantes ojos verdes cambiando como caleidoscopios que se iluminaron conforme se acercaba a mí. Los hipnotizantes ojos de la sombra sin sombra. Relajantes. Jubilosos.

En el umbral de la muerte, mi oscuro camino se volvió brillante cuando copos de nieve se posaron sobre las calles, enterrándome en un ataúd blanco.

Y antes de que mis ojos se cerraran, escuché la voz en la radio, una última vez.

“Si pueden escucharme, este es el Teniente Lovelock, los veré en el otro lado… Cambio.”

 

Los científicos dicen que el tiempo es relativo y que el universo en el cual vivimos nuestras vidas ordinarias puede ser tan ilusorio como un sueño.

Pero si en verdad es un sueño, ¿puede la muerte ser relativa también?

M. Ch. Landa

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