El Guasón

Cinco cartas de póquer yacen sobre la mesa de madera. Las tomo y lentamente las miro. La primera es un joto de corazones, la segunda es un Guasón, y la tercera es… un guasón también. Con una extraña sensación recorriendo mi espalda descubro las dos cartas restantes: dos guasones más. Coloco mis cartas nuevamente sobre la mesa y volteo a ver a los otros jugadores.

El enorme ojo del camaleón sentado a mi derecha se mueve mecánicamente observando mis movimientos. Abre su boca y con su larga lengua sujeta sus cartas y las devora. A mi derecha, un aborigen con una máscara ceremonial de madera pintada con coloridos rasgos animales permanece inmóvil mientras que hormigas de fuego brotan de los orificios de la boca y ojos de la máscara. Las hormigas descienden por sus brazos hasta la mesa, tomando las cartas y depositándolas en las manos del aborigen.

En Frente de mí se sienta un hombre en un hábito negro, la capucha esconde su rostro en una profunda oscuridad. Un candil colgando del techo emite apenas la luz suficiente para vernos el uno al otro. Estamos envueltos por una oscuridad total que no permite ver nada más allá de un metro de distancia.

La persona en el hábito negro alza su esquelética mano izquierda y libera arena lentamente que cae sobre la mesa, creando  un pequeño montículo. Después alza su mano derecha, una mano humana, y lleva su dedo índice a la altura de donde su boca debería de estar.

“Shhhhhhhhhhh…” Una ráfaga de viento emerge de las sombras de su capucha, dispersando la arena y apagando los candiles, dejando todo en completa tiniebla.

M. Ch. Landa

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