¿El final está cerca?

Con los recientes acontecimientos como el asesinato del general iraní Suleiman, que llevó al mundo cerca de la declaración de una nueva guerra, y los catastróficos incendios forestales en Australia o la nieve que cayó en el desierto de Arabia Saudita, mucha gente los interpreta como señales que profetizan el inminente fin del mundo. Pero ¿qué tan lejos estamos de presenciar el fin del mundo?

Recuerdo haber hablado con mi difunta abuela sobre los cambios que presenció durante el siglo XX: la Revolución mexicana y la persecución de Cristeros en México, la Primera y Segunda Guerra Mundial (no de primera mano), y es que ella siempre mencionó que, en cada conflicto, cada final de década o un cambio masivo experimentado en el mundo, había personas que se santiguaban sobre el inminente fin del mundo, pero de alguna manera el mundo continuaba. “El mundo se acaba para aquellos que mueren”, solía decir, y para ella, la noción sobre que el mundo iba a terminar en el cambio de milenio se hizo realidad, muriendo en 1999.

Entonces, ¿deberíamos estar preocupados por estos signos?

Cuando estudiamos la historia del planeta Tierra, no es nada más que caótico, desde una alta actividad de vulcanismo que casi aniquila toda la vida, hasta glaciaciones y cataclismos cósmicos que casi aniquilan toda la vida de igual manera. Entonces, para aquellos que creen que el cambio climático es un engaño, es cierto que al final la vida prosperará, pero los cambios severos que infligimos al medio ambiente como especie están transformando irreversiblemente el ecosistema y acelerando eventos como la próxima glaciación. La civilización humana prosperó en este mundo en esa pequeña ventana de “paz de cataclismos”, en la que el Planeta Tierra entró en un período de calma y equilibrio, que, desde la perspectiva humana, esta vez ha sido un periodo tan largo que olvidamos que no siempre ha sido así, y de repente esto podría cambiar para peor, ya sea por las consecuencias de nuestros actos o simplemente por simple aleatoriedad cósmica.

Entonces, lo que está realmente en juego es la civilización humana tal como la conocemos. Si contaminamos nuestros depósitos de agua a un ritmo superior al que podemos desarrollar la tecnología para purificarlos; si erradicamos las especies más rápido de lo que podemos reproducirlas; si contaminamos el aire que respiramos antes de que podamos desarrollar la tecnología para eliminar de él los metales y productos químicos, las necesidades humanas básicas, como la alimentación, la respiración y la hidratación, serán difíciles de realizar con la facilidad que lo hacemos hoy en día. Sin duda la tecnología y el progreso humano han cambiado la forma en que vivimos para bien, reduciendo la tasa de mortalidad, ampliando la expectativa de vida o simplemente aumentando la comodidad que experimentamos en nuestra vida cotidiana, pero incluso si no nos damos cuenta, hay un costo subyacente que pagamos o pagaremos por todo lo que obtenemos.

Todas las mañanas que usas tu sartén Tefal de recubierta de teflón, recuerde que el politetrafluoroeteno (teflón) fue desarrollado por DuPont para usarse como recubrimiento para metales en contacto con hexafluoruro de uranio altamente reactivo para el Proyecto Manhattan y estuvo presente en las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. En otras palabras, sin la invención del teflón, la fabricación de bombas atómicas se habría retrasado por un buen período de años, tal vez salvando la vida de cientos de miles de civiles japoneses. Pero ahora, gracias a ese avance tecnológico, podemos freír unos huevos para el desayuno sin pegarse a la sartén, incluso cuando en un futuro no muy lejano, las bombas atómicas puedan poner fin a la civilización humana.

Ese es el nivel de ironía es en el que vivimos nuestras vidas ordinarias, disfrutando de la tecnología de la cual desconocemos el costo para la humanidad y el planeta mismo. Es muy simple ahora comprar un nuevo teléfono inteligente y desechar el previo de dos años de antigüedad, ignorando las dificultades por las que la humanidad tuvo que pasar para desarrollar la tecnología y el costo intrínseco al desequilibrio de nuestro planeta. Simplemente lo usamos, porque es agradable y cómodo. Y debido a que nos sentimos que estamos tan lejos de experimentar las consecuencias, creemos que no estamos directamente conectados a ellas.

El fin de la civilización humana no está cerca, pero lo que es seguro es que nosotros, como especie, estamos diseñando los medios de nuestra propia decadencia, y para las generaciones futuras solo será cuestión de averiguar si la humanidad se aniquilará así misma antes de que el planeta o el cosmos lo hagan.

Tal vez ahora es el momento para que nos volvamos humildes y aceptemos la fragilidad del delicado equilibrio que permite la existencia de una forma de vida consciente en este planeta, y honestamente reconozcamos que la humanidad en su conjunto ha sobrevivido y sobrevivirá a todas las deidades concebidas, por lo que yo no confiaría mi destino en manos de dioses muertos que ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos del olvido.

Actuemos, en lugar de rezar. Y así cuando el fin del mundo llame a nuestra puerta en el momento de nuestro fallecimiento, nos iremos en paz, sabiendo que a lo largo de vuestra vida contribuimos para hacer de este mundo en su conjunto, un mejor lugar para fomentar la vida.

M. Ch. Landa

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