El Cuarto de Alquiler

La alarma suena a la 5:55 de la mañana. Se enciende la cegante luz incandescente. La cama zumba y Sara, la voz sexy, cuenta de cinco a cero antes de retraer la cama dentro del muro mientras yo ruedo al suelo. No es el golpe de la caida sino los mosaicos fríos los que terminan de despertarme.

“Buenos días,” dice Sara empáticamente.

“B-buenos días.” Digo bostezando.

“¿Estás listo para otro día excitante?”

Asiento con la cabeza con mis ojos aún cerrados y agito mi mano hacia la cámara en la esquina del estrecho cuarto.

“¡Grandioso! ¡El objetivo de hoy son cincuenta sentadillas!” Sara dice sobreexcitada y las instrucciones aparecen en el muro ilustrando la correcta e incorrecta manera de hacer sentadillas para prevenir lesiones de rodilla y espalda. “Uno, dos, tres…” Sara cuenta mientras en la ventana los primeros rayos de sol se filtran en las alturas, bañando los muros del edificio cilíndrico. Tristemente los rayos no llegan a mi piso. Yo estoy en el 67 de 133 pisos. Las buenas noticias son que estoy más cercano al jardín del sótano, arriba del ochentavo piso los árboles parecen parches de pintura de Monet.

“…cuarenta y nueve, y cincuenta. ¡Felicitaciones, tienes un nuevo record!” Sara grita y el bloque de luz en el centro del cuarto se torna estroboscópico con la celebración.

El armario brota del muro estéril. Me desvisto y cuelgo mi pijama. El armario se esconde nuevamente en el muro y la Turbo-regadera sale. Ajusto mis gafas de natación, me meto en la bolsa de plástico y pongo el respirador en mi boca.

“Lavado,” Sara ordena y por la conexión superior de la bolsa un chorro de agua fría circula desde la conexión superior por cinco segundos continuos y se drena por la conexión inferior. “Limpiado,” el segundo paso del ciclo de bañado inicia el rociado de jabón sobre todo mi cuerpo mientras aprovecho para tallarme. “Lavado.” El chorro de agua pasa nuevamente antes de que logre terminar. “Secado.” Una ráfaga de aire caliente evapora el agua restante y salgo limpio y totalmente despierto. El armario sale nuevamente y esta vez tomo mi overol, zapatos y gorro, para vestirme.

Me siento en el escritorio, la escotilla metálica se desliza mostrando la banda transportadora. El reloj en la pared cuenta regresivamente hasta las seis de la mañana con las milésimas de segundo cambiando violentamente. Hoy terminé de arreglarme diez segundos antes lo que me deja 43 segundos de espera que empleo para acariciar la foto de la visita a la casa de mis padres en el verano pasado… las nubes brillantes recortadas por el cielo azul que contrasta con las densas y verdes colinas, la sonrisa de júbilo de mi madre, y el abrazo afectivo de mi padre… solo ochenta y tres días restan.

“¡En sus marcas!” Sara dice cinco segundos antes de la hora y yo arremango mi overol. “Listo,” la banda transportadora comienza a moverse mientras preparo mi kit de herramientas. “¡Ahora!” EL reloj llega a las 6:00:000 a.m. “La meta de hoy son 5,893 manzanas.”

La banda transportadora trae una manzana desde el cuarto vecino a mi derecha. Presiono el botón rojo y la banda detiene la manzana justo frente de mí. Yo trabajo para Frutitas S.A.—el líder mundial en soluciones frutales como lo declara el logo de mi uniforme—y nosotros manufacturamos manzanas. No solo manzanas, manzanas gloriosas. Tomo el extractor—que es una combinación entre una jeringa y un saca corchos—y substraigo una porción de la manzana. Tomo un gusano feliz de el tarro de gusanos felices y lo pongo dentro del agujero. Finalmente aplico pegamento biodegradable y la sello nuevamente con la porción extraída. Ya terminado, presiono el botón verde y la banda le lleva la manzana a mi vecino en el cuarto de la izquierda para seguir el proceso.

Mi trabajo es uno de los más críticos de la cadena—aún por encima del semillado y el pintado. Los clientes en estos días están preocupados por la calidad de sus gusanos, les gustan jugosos. Y solamente los gusanos felices son gusanos jugosos.

Después de 2,398 manzanas la banda se detiene. “Almuerzo,” Sara anuncia. “Estas .05% por encima del desempeño base, ¡felicidades!” El reloj comienza a contar cinco minutos y mi Barra Energética cae en la cámara de correo neumático. Abro y como mi barra mientras camino de ida y vuelta en el cuarto de tres por tres metros los primeros dos minutos. Después admiro a través de las enormes ventanas de piso al techo en búsqueda del reflejo del sol en las ventanas de los pisos superiores. Después miro al fondo hacia el disco verde conformado por el jardín.

Con el tiempo restante contemplo las ventanas de mis vecinos. Mis favoritas son pintado, en el piso 65, que disfruta de bailar como un baile tribal. Pulido en el 64, que se desviste y se acuesta cerca de la ventana con sus lentes en un intento de broncearse. Y calcomanías, justo enfrente de mi cuarto que ama hacer el mimo. Pero hoy se ve vacío. Las manzanas saldrán sin calcomanías fluorescentes si no encuentran un reemplazo rápidamente. La alarma suena y regreso al trabajo.

Horas después, cuando el sol ya se fue, termino mi turno con 5,841 manzanas. “¡Muuuyyy mal, no alcanzaste la meta. Mejor suerte mañana!” Sara pone la alarma de mañana quince minutos más temprano para compensar el déficit.

El armario sale nuevamente del muro y cuelgo mi overol, tomo mi libro de poesía y me dejo caer hacia atrás en perfecta sincronía con la cama emergente. Durante la primera página me percato de que estoy muerto de cansancio como para leer. Pongo el libro al lado y llama mi atención algo extraño en calcomanías, un tipo de reunión. Camino hasta la ventana intrigado. Dos hombres de pie en la ventana y una chica—que reconozco por su cabello largo y las curvas en su cuerpo—camina de un lado al otro llevando ropa. Ella se acerca a uno de los hombres y tomando su mano la mueve dando un saludo. En una inspección más cercana me percato de que son muñecos de trapo de tamaño humano que ella hizo usando su ropa. Ella camina hasta el interruptor de la luz y lo prende y apaga rápidamente. Después de unos segundos descubro un patrón. Morse. Está mandando un mensaje.

“H-o-l-a,” ella dice.

Miro a los vecinos de mí alrededor al rededor con lo que me permite la curvatura del cristal, pero nadie responde a su mensaje. Me dirijo al interruptor de la luz y le respondo.

“H-o-l-a.”

Ella se acerca a la ventana para saludar y yo respondo.

“G-u-s-t-o—e-n—c-o-n-o-c-e-r-t-e.”

“E-l—p-l-a-c-e-r—e-s—m-í-o,” Yo respondo. “¿Q-u-i-é-n—e-r-e-s-?”

“S-u-b-s-t-i-t-u-t-o.”

“¿P-r-i-m-e-r-a—v-e-z-?” Pregunto y ella asiente con su cabeza.

“M-e—s-i-e-n-t-o—s-o-l-a,” ella responde.

El aislamiento es la parte más difícil de trabajar en Frutitas. Trescientos veinte y un días de encierro es una carga pesada para cualquiera. “Pero esa es la única manera de asegurar la calidad del proceso producción del producto,” dice la gerencia. Los libros son la ruta de escape de mi mente y degrado los sentimientos depresivos diciéndome a mí mismo cuán valioso es mi sacrificio por mis vacaciones de verano. Pero no todos pueden lidiar con eso. Cientos de trabajadores renuncian todos los días en los casi mil campus de la compañía. La gerencia no está preocupada, la cola de entrada es aún mayor. Frutitas no es una opción, es la única opción para la mayoría de nosotros.

“¿-Q-u-é—t-e—g-u-s-t-a—h-a-c-e-r-?” Le pregunto.

“A-c-a-m-p-a-r.”

“A-l-g-u-n-o-s—d-í-a-s—s-e—p-u-e-d-e-n—v-e-r—l-a-s—e-s-t-r-e-l-l-a-s,” apunto arriba esperando que esta noche la contaminación se disperse lo suficiente para que pueda mirar las estrellas. Dormir cerca de la ventana mirando al reflejo del cielo me ha salvado muchas noches.

“G-r-a-c-i-a-s,” dice previo a dejar la luz apagada y se va a la cama arrastrando los muñecos consigo.

Esta situación me hace pensar los ochenta y tres días restantes para salir por la puerta, para tomar el tren a mi pueblo e ir ver a mis padres… e ir a acampar, tal vez. Tengo que resistir porque el pasto, los árboles, el bosque y las flores no van a venir a tocar a mi puerta. Estos son los pensamientos peligrosos así es que los elimino de mi mente y me voy a dormir.

La alarma suena más temprano como estaba previsto y brinco de mi cama directamente a la ventana para ver a calcomanías caer de su cama con la luz brillando en rojo y azul con el sonido ensordecedor de la bocina que, gracias a Dios, los cristales a prueba de sonido no me permiten escuchar en este momento. Ella finalmente se pone de pie poniendo final al pandemonio. “Estas cincuenta y dos manzanas atrás,” Dice Sara y sigo mi día ordinario con un esfuerzo extra para cumplir mi cuota del día preocupado por no llegar al déficit de mil manzanas que significa despido. Hago mi trabajo volteando al reloj después de cada manzana terminada contando el tiempo restante para el receso.

Mi barra energética sale del tubo y la mastico en mi camino a la ventana. Calcomanías esta adormecida sobre su escritorio, con la luz brillando en rojo, incapaz de mantenerse despierta. Aprieto la envoltura de mi barra en mi mano conociendo el sentimiento que experimenté cuando llegué aquí. Un rayo de luz solar se refleja a través de una ventana iluminando mis pensamientos nublados. Desenvuelvo la arrugada envoltura y recordando mi libro de origami la doblo para hacer una pequeña rosa que coloco en el marco de mi foto por el resto del día.

Durante la noche la llamo usando la luz, “B-u-s-c-a—l-a—X.”

Con evidente cansancio ella responde con dificultad “Ok” antes de desplomarse sobre la cama.

El siguiente día, comienzo mi labor y hago un hoyo a la manzana pero esta vez me como el gusano que se retuerce en mi boca y coloco la rosa dentro de la manzana antes de sellarla nuevamente. Marco una “X” discretamente con la punta del extractor, esperando que el control de calidad no haya sido movido a una posición anterior en la línea de producción antes de que la manzana le llegue.

Durante el receso la encuentro sonriendo con la rosa en sus manos lo que pone una sonrisa en mi rostro también. Termino mi barra y dedico la envoltura a crear una nueva flor.

“M-u-c-h-a-s—g-r-a-c-i-a-s—m-e—h-i-c-i-s-t-e—e-l—d-í-a,” Fueron sus palabras de esa noche.

 windows

La sencilla labor de mandar una flor cada día hizo mis días también, mis semanas y mis meses. Pasábamos cada noche “platicando,” contando los días para ser capaces de ir a acampar. Éramos como dos peces en peceras distantes en un acuario, soñando con el día en el que nos encontraríamos en el océano interminable.

Entonces, en la décima noche antes del verano, su luz ya no encendió.

En la siguiente mañana un hombre gordo que batallaba con las abdominales matutinas, ocupaba su cuarto y al fin entendí que ella no alcanzó su cuota, por lo que la substituta fue sustituida. Deseaba tirar todo, lanzar un puñetazo al muro y patear la puerta.

“Tienes un déficit de treinta y tres manzanas,” dijo Sara.

“¡Que te calles estúpida!” Grité en lágrimas cuando me percaté que la había perdido. Por siempre.

“Usted esta infringiendo el protocolo.” Dijo la ya no tan sexy voz.

Me senté en mi silla y trabajé duro tratando de no pensar en ella pero fallé miserablemente en cada manzana. Contaba los minutos, estaba aterrado de la puesta del sol, aterrado de encontrarme incapaz de sobrevivir una noche sin ella.

La noche calló y mi único escape era el recostarme junto a la ventana esperando un cielo despejado que pudiese ayudarme a recobrar la calme. Pero no pasó. Las nubes eran más densas y oscuras que cualquier otro día. La melancolía fue mi único acompañante. Su cuarto se sentía vacío aún mientras el gordo hacia su cama.

¿Por qué? Me pregunté miles de veces, esperando vagamente por encontrar una respuesta que ya tenía pero me rehusaba a aceptar.

El hombre apagó la luz del cuarto y de pronto un milagro sucedió. El techo y los muros del su cuarto estaban cubiertos con las calcomanías fluorescentes de las manzanas que estaban brillando en la oscuridad. Las mil calcomanías que ella usó para crear su cielo estrellado.

Para ella.

Para mí.

En la ventana, decenas de calcomanías pegadas en el cristal en forma de corazón y un mensaje que decía: Tú fuiste la alegría de mi vida.

Ese cosmos me ayudó a sobrellevar los días y noches hasta que fue mi turno de decir adiós. Abrí la puerta y salí sin mirar atrás. El día que mi cuarto se puso vacante, esperando por el siguiente substituto para rentarlo.

Encontré mi pecera demasiado pequeña para contener mis sueños.

Sueños de un océano interminable.

M. Ch. Landa

Dedicado en memoria de:

 

Xu Lizhi

(1990-2014)

Que tu vida sea recordada por las palabras en tu poesía y no por los iPhone 6 que tus manos manufacturaron en la línea de ensamblaje de Foxconn.

Obituario & En mi lecho de muerte.

Deseo darle otra mirada al océano,

Contemplar la vastedad de las lágrimas de la mitad de una vida,

Deseo escalar otra montaña,

Tratar de llamar de regreso el alma que he perdido,

Quiero tocar el cielo, sentir el azul tan pálido,

Pero  no puedo hacer nada de esto, así que me voy de este mundo

Todos los que me conocieron

No  deben estar sorprendidos por mi partida

Mucho menos deben suspirar o lamentarse

Estuve bien cuando vine, y bien cuando me fui.

—Xu Lizhi, 30 de Septiembre 2014

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