El Cantar de la Libertad

Los cálidos rayos del Sol naciente iluminaban la maleza que había crecido reclamando el suelo civilizado de mi patio. Me pregunté como la naturaleza pudo escoger un lugar rodeado por muros de cemento y ladrillo coronados por un enmallado como el lugar para sembrar vida. Es depresivo, pensé acerca de cómo el hombre convierte la maravilla de la naturaleza en un bote de basura.

Me senté a admirar la miseria de la obra del hombre cuando recibí un visitante. Era un cardenal carmesí de brillante plumaje que aterrizó elegantemente sobre una alta rama de maleza y devoró los frutillos mientras silbaba una hermosa melodía.

Pobre pájaro, pensé, tan alejado del bosque, viviendo atrapado en este ecosistema de concreto y acero. Entonces me pregunté si su canto pudiese estar teñido con la melancolía de la añoranza por la naturaleza, pero no encontré rastro. Su canto era de belleza y alegría pura, el cardenal era inconsciente del ambiente gris y sombrío del que nosotros—como humanos—nos rodeamos tan diligentemente. Lo único que el ave podía apreciar era vida en la forma de la maleza que nosotros encontramos tan desagradable y poco atractiva.

El cardenal extendió sus alas y voló a través de los diamantes del enmallado, libre, como  la maleza que escogió crecer en un espacio de suelo ausente del concreto del hombre.

Algunas veces deseo poder volar libre, lejos de las barreras y construcciones del hombre. Entonces recuerdo que soy libre, pero sigo eligiendo sentarme sobre el pasto a contemplar las nubes en movimiento, enmarcadas por el enmallado.

Esperando por el cardenal.

Esperando para escuchar el hermoso canto de la libertad.

M. Ch. Landa

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