El Acusado

El hombre se jorobó en su silla. Miraba hacia atrás al público desde el rabo de su ojo tratando de adivinar lo que los cientos de miradas leían lo que estaba escrito en su frente. Culpable, asesino… monstruo, él pensó. Pero no había una etiqueta en su frente más allá de sus arrugas y su ceño que eran registro de su angustia. Y no había necesidad de una etiqueta, el llamativo uniforme naranja y las brillantes esposas eran suficiente marca.

La campana sonó y todos se pusieron de pié en la corte. La gente decía que era para recibir al juez, pero él no era ningún tonto. La campana era debido a él. Era un estigma, como con los leprosos. Para pregonar las fechorías de la gente perversa y así pudiesen ser aislados. Porque el mal es una enfermedad y es contagiosa. Pero el morbo pesó más que el miedo para aquellos atestando la corte aquel día. La gente ama señalar con su dedo más que nada, y aquel día los dedos de todo el jurado estaban sobre de él.

El abogado de distrito llamó al testigo principal. El público se partió y una mujer demacrada caminó al estrado en medio de una cacofonía de habladurías hasta que el martillo del juez devolvió el silencio a la sala.

“¿Usted reconoce a este hombre? El abogado preguntó a la testigo.

“Sí,” la mujer respondió sin voltear a ver al acusado,  pero aún con este gesto de indiferencia, el acusado sonrió brevemente, lo que fue todo un suceso considerando que fue despojado de su sonrisa y su libertad de manera simultánea.

“¿Usted cree que este hombre…” el abogado caminó hasta la mesa y señaló al acusado casi en su cara como si quisiera eliminar cualquier posibilidad de error. “…Es responsable del horrendo crimen que costó la vidas de varios e hirió a cientos?”

“En efecto, creo que él es responsable del crimen,” la mujer permaneció callada por unos segundos con sus ojos perdidos en el piso de caoba. “Un crimen de amor,” ella finalmente concluyó.

La algarabía se apoderó de la sala. “Silencio,” ordenó el juez martillando la mesa.

“¿Está usted sugiriendo que fue un crimen pasional?” El abogado agitó la mano pidiendo a la mujer que desarrollara su respuesta a profundidad.

“Fue falta de amor,” la mujer explicó. “El lo hizo por agradar a su hermano, la mente maestra detrás de este crimen. Ingenuidad, soledad y falta de autoestima son los verdaderos pecados de este hombre. Pero eso no demerita su responsabilidad.”

“¿Entonces lo declara culpable?”

“Sí.” La sala estalló en gritos y el juez trató de calmar al tumulto de gente.

El abogado se acercó a la mujer y susurró. “¿Está usted consciente de que cadena perpetua es la menor sentencia que podría recibir?” La mujer asintió con su cabeza. “Está bien, por favor continúe.”

“Sí, él es culpable,” la mujer reafirmó con voz determinante. “Él debe pagar por lo que hizo.”

 Escuchando las palabras de la mujer, el acusado horrorizado se convirtió en el cascarón vacío de un hombre. Sin parpadear, sin respirar, con su rostro ausente de expresión, en una palabra, petrificado. Su alma había abandonado su cuerpo y escapó a otro lugar. Pero por la mirada de sus ojos no era un lugar placentero, era un purgatorio o aún peor, un infierno.

“Pero tengo una solicitud para el jurado y el juez,” la mujer dijo y el salón entero enmudeció. “ Si él es declarado culpable y es aprisionado de por vida, les pido que me encierren a su lado, porque soy yo la verdadera responsable de este crimen. Yo lo abandoné cuando el más me necesitaba. Fue la ausencia de mi amor la que evitó que el entendiera el significado de compasión, perdón y bondad.” La mujer estalló en llanto antes de proseguir. “Y si ustedes deciden tomar su vida a cambio… deberán tomar la mía también pues ninguna madre merece enterrar a su hijo.”

M. Ch. Landa

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