Desinformación

Hace unos años tuve un profesor que nos alentaba con una simple pero poderosa frase: “Cuestionen Todo”. Pero él no se detuvo ahí en su cruzada por despertarnos, él incluso nos retaba ofreciendo una recompensa para el estudiante que pudiese identificar una mentira—intencional—en su discurso durante el curso escolar.

Cualquiera pudiese pensar que su actitud solo alentaba la desconfianza. Pero yo verdaderamente creo que por el contrario, reforzaba nuestra confianza. Nuestra confianza en nuestra toma de decisiones.

Durante los últimos meses me que quedado sorprendido por la cantidad de información falsa creada y distribuida en los diversos sitios de redes sociales con el propósito de engañar a las audiencias para creer en los intereses de unos cuantos o solo con el hecho de general el caos para enajenar al público de un tópico en específico.

La propaganda en elecciones norteamericanas y la guerra en Siria son los principales ejemplos de la clara existencia de esta poderosa maquinaria de desinformación que sin duda afectan nuestra percepción, y literalmente modifican el tejido de lo que llamamos realidad.

En el pasado solía pensar que lo peor que le podía pasar a una sociedad era el ser ignorante. Por qué no, cuando la mayoría de los sufrimientos sociales de una civilización pueden ser adjudicados a ellos. Y la peor parte—pensaba en aquel entonces—era que la ignorancia se heredaba desde nuestros ancestros como una enfermedad inscrita en nuestros genes. Si no somos estimulados desde temprana edad por nuestros padres a aprender, difícilmente podremos romper las ataduras a los hábitos que aprendimos por la coexistencia con ellos. No es imposible combatir la ignorancia desde el interior de un núcleo formativo ignorante, al igual que muchos pacientes aprenden a vivir y sobrepasar su enfermedad genéticamente transmitida, y el primer paso siempre es aceptar la enfermedad.

Pero existe una enfermedad más peligrosa que la ignorancia y esa es la desinformación. Si la ignorancia es una diabetes, la desinformación es una gripe. No parece dañina al principio, pero en una mirada más profunda descubrimos que es un virus, y como todos los virus tú podrías ser un portador y has transmitido la enfermedad sin saberlo.

La desinformación es altamente peligrosa porque contrario a la ignorancia—que es una falta de conocimiento—la desinformación presume la existencia de conocimiento con el solo propósito de no dar cabida a ningún otro trozo de información que venga después. La desinformación explota la confianza en las fuentes, pero más importante, explota la ingenuidad del ignorante quien tomará cualquier pieza de información sin cuestionarla con el único propósito de llenar el hueco que la ignorancia les ha dejado.

En estos tiempos cualquiera prefiere estar informado—aunque sea mentira—que ser un ignorante. Socialmente es vergonzoso ser ignorante, aunque ese sea el estatus quo de la humanidad (nadie vino a este mundo sabiendo).

¿Qué hacer entonces?

¡Cuestionen TODO!

Investiguen, comparen, confronten, escuchen a diferentes puntos de vista y saquen sus propias conclusiones, siempre usando un enfoque lógico por lo menos—si no somos capaces de usar un enfoque científico.

Pero más importante: tengan cuidado antes de adoptar algo como un hecho, no subestimen el poder de la desinformación porque una mentira dicha cien veces se convierte en realidad. ¿No me crees? Mira a tu alrededor y mira como algunas de las mentiras más ridículas se convirtieron en las bases dogmáticas de la mayoría de las religiones, y si te atreves a cuestionarlas, bien podrías terminar muerto.

Este es el poder que ejerce un virus.

Aún la más insignificante gripe puede poner al mundo de cabeza.

Y eso no es una conjetura.

Eso es un hecho.

Es historia.

M. Ch. Landa

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