Cara o Cruz

Una moneda gira rápidamente, lo suficientemente rápido como para dotar al delgado metal con la ilusión de ser una esfera que se mueve sobre la barra de caoba como un planeta orbitando alrededor del sol.

Ricardo da un manotazo sobre la moneda. “¿Cara o cruz?” Sus ojos se posan sobre Augusto quien permanece de pie del otro lado de la barra. Augusto lo observa con la cantidad de escepticismo que su barba—más blanca que las flores de su camisa hawaiana—le concede.

Augusto mueve su palillo de dientes alrededor de su boca un par de veces. “No veo diferencia.” Cruza sus brazos desinteresado. “Tendrás que pagar la cerveza de cualquier manera.”

Ricardo libera un suspiro más descompuesto que su corbata a cuadros azul y blanca. “¿Ni siquiera vas a intentar?”

“Cara,” Augusto gruñe.

Ricardo sonríe confiado pero es interrumpido por su Blackberry que comienza a timbrar. Lo toma con su mano disponible y lee el número en el identificador de llamadas y lo identifica como uno de los cobradores. Su sonrisa se evapora instantáneamente y arroja el teléfono de regreso a la barra.

“Es la cuarta vez, parece importante,” Augusto alza sus cejas tan elevadamente como su nivel de sarcasmo. “deberías contestar.”

Ricardo chupa sus dientes molesto.

“Alégrate, ya viene navidad,” Dice Augusto señalando con su pulgar un diminuto árbol navideño y una serie navideña que decora las repisas detrás de él, coloreando las botellas de licor como un arcoíris.

“¿Entonces por qué traes esa estúpida Hawaiana?”

“Me trae suerte,” Augusto responde orgulloso.

“Imposible.”

“Si,” Augusto quita la mano de Ricardo que cubre la moneda. “Cara, ¿ves?” Augusto se embolsa la moneda y va a preparar una ronda de tragos. Ricardo da un gran sorbo a su trago y se libera de su último rastro de formalidad, su corbata y saco. Augusto sirve un caballito de Tequila.

“No, Gus, hoy no quiero beber.”

“Entonces debería de correrte.“ Augusto desliza el trago a Ricardo. “Este va por la casa.”

“Ok,” Dice Ricardo. “Sólo porque odio ser descortés.”

Un Camaro del año se estaciona fuera del bar con una acérrima competencia entre las llantas de rin 22” quemando sobre el pavimento o las ocho bocina amplificadas tocando Guns n’ Roses para ver cuál es más ruidoso. El joven conductor desciende del vehículo con una inmaculada playera tipo polo de Lacoste, pantalones kaki y mocasines de piel, acomodando su cabello como si estuviese actuando para un comercial.

“Lo único que me hacía falta,” dice Ricardo.

“¿Lo conoces?”

“Su nombre es Erick. Es el hijo del dueño de la compañía,” Dice Ricardo sin entusiasmo. “Mi jefe, técnicamente hablando.”

“Grandioso, ahora podrás invitarle un trago.”

Ricardo sacude su cabeza. “No, no quiero que me vea.”

Erick entra al lugar sujetando con su hombro su iPhone contra su oído. “¿Por qué dices eso preciosa? … no por supuesto que no, estuvo genial anoche … No lo he olvidado.” Ricardo se voltea en el momento que Erick llega a la barra. “Ok preciosa, te llamo después… ok bye.” Erick cuelga el telefono.

“Hola, ¿qué le gustaría tomar esta noche? Augusto le da la bienvenida.

“Mmmm,” Erick revisa las repisas de ida y vuelta un par de veces sin encontrar alguna de las marcas que satisfacen su delicado paladar. “¿Cuál es su especialidad?” Finalmente responde.

“El tequila que disfruta el caballero.” Augusto extiende su mano apuntando a Ricardo quien acorralado por la situación lo saluda fingiendo sorpresa, pero arroja una mirada vengativa que casi quisiera crucificar a Augusto.

“Ibañez? Que sorpresa,” Responde Erick.

“Señor Miller, ¿cómo está?”

“Muy bien, pero llámame solo Erick por favor.” Erick voltea con Augusto. “Envía una botella a la mesa de la esquina con dos vasos.” Erick da una palmada a Ricardo en la espalda. “¿Te molestaría acompañarme?” Erick camina hacia la mesa antes de darle oportunidad a Ricardo de responder.

Augusto se ríe entre dientes.

“Sabes Augusto, el día que este bar se incendió hace dos años,” Ricardo se toma su caballito de Tequila y gesticula al pasar el fuerte alcohol. “Ese día llevabas puesta esa camisa.”

La sonrisa de Augusto se desvanece  y escupe el palillo mientras Ricardo abandona la barra riendo.

bar

“El creativo Señor Ibañez,” Erick le da la bienvenida. “Sabes, siempre encuentro tus ideas imaginativas y tus impetuosas propuestas de mucho valor para la empresa aunque…” Ricardo se pierde dentro de sus pensamientos observando las llaves de los automóviles, el Camaro de Erick contra el subcompacto ’04 que el conduce.

“Sin intención de ofenderlo,” Ricardo lo interrumpe. “¿Cómo se siente el tener alguien que pague sus cuentas?” Ricardo se arrepiente de haberlo dicho antes de terminar, maldiciendo al alcohol y a su bocota, pero una parte de él se siente de alguna manera… liberado.

Erick se pone serio y mirándolo fijamente se sirve un trago. Saca un paquete de cigarrillos y ofrece uno a Ricardo quien lo rechaza sacudiendo su mano. Erick jala uno con sus dientes y lo enciende.

“Me imagino que todos en la compañía se hacen la misma pregunta.” Dice exhalando el humo. “Pero pensé que tú con tu inteligencia conocías la respuesta.” Ricardo sume su cabeza incapaz de enmendar su error.

“¿Es por esto?” Erick empuja el teléfono. “¿O esto?” Él hace lo mismo con las llaves del auto.

Ricardo toma su trago en un intento de pasar el trago amargo de su vergüenza junto con el, o por lo menos entumir sus sentidos lo suficiente para olvidarlo.

“Déjame preguntarte algo Ricky.” Erick se sirve otro shot. “¿Tú crees que mi vida de este lado de la mesa es más feliz?”

 Ricardo asiente con la cabeza. “Estoy convencido, lo he visto.”

“Lo que tú has visto de mi mundo es el conducir autos lujosos, cenas en restaurantes elegantes y las vacaciones en destinos exóticos.”

“Me puedo acostumbrar a ello,” Ricardo sonríe.

“Por supuesto que puedes,” Erick se empina su tequila. “Pero este es el problema.” Ricardo dice sosteniendo el pequeño vaso de cristal en frente de él.

“El alcoholismo no es exclusivo de clases sociales,” Ricardo señala.

“Yo me refiero al cristal,” Erick explica. “En mi mundo te encuentras rodeado por una gruesa barrera de cristal. Una barrera que en vez de protegerte del exterior, previene que la soledad se escape.” Erick da una fumada profunda a su cigarro liberando una gran bocanada de humo. “¿Una vida dolorosa rodeada por lujos no te hace sentido? Apuesto que no, pues el vidrio distorsiona la realidad.”

Ricardo escucha atento, sorprendido por la confesión.

“Pero tu tienes la libertad que provee una vida sencilla, no estoy diciendo que sea sencilla, trabajas duro, me refiero que eres libre de esas cosas ilusorias que te vuelven loco.”

“No soy libre, trabajo diariamente para adquirir independencia económica solo para terminar poseído por las cosas que compro, huyendo de los cobradores.” Ricardo aprieta s puño.

“Prefiero huir de los cobradores que lidiar con las miradas de los treinta empleados que tuve que despedir este mes.” Erick llena ambos vasos. “No se quién quiere mi amistad solo por mi dinero, si las palabras de amor de las mujeres son sinceras. Mi hermana esta embarazada de un hombre que solo quiere usarla, pero… no puedo hacer nada.”

“¿Por qué no puedes?

“Tu aceptas consejos de extraños?” Erick suelta una carcajada. “Mi hermana y yo somos extraños, lo único que tenemos en común es el apellido.”

Ricardo bebe su shot y juega con el pequeño vaso que gira sobre la mesa como aquel viejo juego llamado “la botella” que jugaba de niño. La imagen de todas esas incontables veces que pidió a Dios—considerando que es un hombre de poca fe, como se llama así mismo—implorando por dinero para solucionar su problemas vinieron a su mente. Y desde el otro lado de “la botella”—la perspectiva de Erick—, el entiende que el dinero puede resolver algunos problemas pero traerá consigo nuevos.

“¿Será que la felicidad no existe?” Dice Ricardo mirando fijamente al vaso girando.

“¿Tienes familia?”

“Esposa e hijos.”

“¿Qué están pensando hacer para navidad?”

“Pavo,” Ricardo sonríe. “Estás más que invitado.

“Gracias,” Erick regresa la sonrisa. “Me gustaría pasar la navidad con mi familia. Pero no puedo mentirle, la verdad es que tomaré el primer vuelo a cualquier destino como siempre lo hago,” Erick revisa su reloj. “Tengo que irme.”

Erick se pone de pié y busca por su cartera pero Ricardo lo detiene. “No por favor, yo invito esta vez.”

“Ok, nos vemos la próxima vez amigo,” Erick dá una palmada a Ricardo en la espalda y abandona el lugar.

Ricardo permanece pensativo, girando el vaso. Su Blackberry vibra con una llamada entrante. Ricardo sonríe y contesta el teléfono. “Bueno.”

El vaso gira cerca del filo de la mesa y finalmente cae y explota produciendo cientos de pequeñas astillas de vidrio. Pero sin importar el tamaño, cada una de ellas es capaz de refractar la luz del sol.

M. Ch. Landa

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