Asuntos Maritales

Desde el momento que Maggie y Ed se conocieron, ellos visionaron hacer todo juntos. Desde caminar en el parque hasta llevar las cenizas del otro a aquel lugar especial. Todo excepto divorciarse. En el momento que Maggie sostuvo la copa en lo alto y la arrojó contra el muro todo cambió. Aquella noche algo se rompió, y no fue la copa que milagrosamente aterrizó sin daño. Fue su matrimonio moribundo de 7 años.

Maggie y Ed se miraron en silencio justo como la primer vez que se conocieron, hacía nueve años en la fiesta de cumpleaños de la mejor amiga de Maggie, Alicia. Ninguno de los dos tuvo el coraje para empezar a hablar, para confesar que estaban hartos de pretender, de mentir, de herirse, de decirse a sí mismos que mañana sería un nuevo día para olvidarse de sus problemas y tener un nuevo comienzo.

Era solo otra miserable mentira.

“Qui-quiero el divorcio,” dijo Maggie con voz titubeante. “Quiero el divorcio Ed,” Ella reiteró para llamar su atención. Ed era un hombre que fácilmente se perdía en sus pensamientos.

“Sabes que todas las parejas tienen sus altas y sus bajas.”

“Ya estoy harta, quiero el divorcio,” Maggie respondió con la misma convicción con la que dijo Acepto ante el altar.

Ed sujetó a Maggie por el brazo y la sacudió. “¿Es realmente lo que quieres?” Ella no respondió. Ninguno quería el divorcio pero en medio de las tribulaciones que vivían, la separación parecía como la opción menos dolorosa. “Está bien!” Gritó Ed. “Lo tienes,” finalmente dijo y azotó la puerta al abandonar la casa.

Maggie se encerró en su cuarto mientras Ed deambuló en un Bar por horas con tragos sin fondo y terminó durmiendo en su auto.

Lágrimas fueron derramadas y el insomnio fue el único compañero de ambos.

La mañana siguiente ambos desayunaron de una manera más civilizada. Después de su discusión acordaron que tener un divorcio amigable era lo menos que podían hacer para honrar su matrimonio y la integridad de su familia. Esperar a que se vendiese la casa y repartir el dinero fue el plan, ya que ambos tenían muchos gastos—Ed estudiaba su maestría y Maggie aún debía su nuevo auto—y obtener el dinero de la casa era vital para que cada quien continuase su camino. Esa misma tarde Ed clavó el letrero de “Se Vende” en el jardín y ambos se sentaron en lados opuestos de la mesa—contrario su tradición—y dividieron virtualmente la casa entera, excepto por la áreas comunes que programaron rigurosamente para su uso con el propósito de evitar fricciones mientras vivían juntos.

Los aún oficiales marido y mujer esperaron pacientemente por un transeúnte interesado que llamase a la puerta para comprar la casa… ellos esperaron y esperaron, pero el afortunado comprador se rehusaba a aparecer. Las páginas del calendario se arrancaban una a una y la única visita era el abogado con toneladas de papeles, procedimientos engorrosos y un puñado de cuentas por pagar. Repentinamente el divorcio no parecía tan liberador como pensaron, pero la esperanza de vender la casa y finalmente tener aquel nuevo comienzo los mantuvo aferrados a la idea.

Un día a principios de Octubre, un hombre llegó a la puerta preguntando por la casa. Maggie le dio un recorrido como un diligente vendedor de bienes raíces mientras Ed no perdió la oportunidad de resaltar el costo-beneficio de la propiedad como todo un asesor financiero.

“¿Cuánto es lo que quieren?” El prospecto preguntó altamente interesado.

“Doscientos cincuenta mil dólares,” dijo Ed convencido de que la casa que compraron en casi doscientos mil hace cinco años valía por lo menos un 25% extra.

El hombre se rió en sus caras, dio un segundo vistazo a la casa y rió de nuevo. Maggie y Ed escucharon las risa del hombre que prosiguió durante su camino a su auto.

“No te preocupes,” Ed dijo sujetando el hombro de Maggie en señal de apoyo. “Alguien más vendrá.”

Y él estaba en lo correcto. Cinco prospectos más vinieron ese mes, y los mismos cinco se fueron riendo de igual manera.

La crisis económica que azotaba el país no era ninguna novedad, pero tampoco era cosa de broma. El mercado de bienes raíces se desplomó, enterrando consigo los precios de las propiedades como nunca había sucedido y sin signos de recuperación a corto plazo. Los letreros de venta estaban clavados afuera de las casas en todas partes del vecindario y terminaron cubiertos en polvo y desvanecidos todos por igual. Mientras planearon el escenario de su idílico divorcio la pareja olvidó considerar los riesgos de las amenazas externas. Pero era demasiado tarde para buscar contingencias. Ambos se rehusaron a recortar el que consideraban era el precio justo de la casa para encajar las nuevas demandas del mercado y dejar la casa en ese momento resultaba, para cualquiera de los dos, menos factible económicamente hablando que nunca.

Siguieron compartiendo la casa, y con el tiempo, ellos desarrollaron una relación simbiótica económica y perfectamente funcional. Maggie aprendió los quehaceres pesados del hogar y Ed aprendió el arte de la cocina y la limpieza. Algunas veces compartieron la mesa cortésmente, otras veces comieron por su cuenta. Cada uno vio su show de televisión favorito en diferente cuarto en vez de pelear por el control y por primera vez en mucho tiempo, la paz finalmente reinó en ese hogar.

Una noche Maggie llegó a casa muerta de cansancio y se fue directo a la cama, durmiéndose tan pronto como sintió el confort del colchón. Durante la madrugada despertó hambrienta, escuchó ruidos en la cocina y bajó las escaleras. Maggie encontró un delicioso sándwich sobre la barra y la puerta del refrigerador se cerró revelando a una joven mujer portando únicamente la camisa azul de seda que Maggie le había regalado a Ed en navidad.

“Hola,” dijo la chica exprimiendo la botella de pepinillos sobre el sándwich. “¿Estas hambrienta?” Dijo la bella chica lamiendo sus dedos.

Maggie tomó cuidadosamente el sandwich con ambas manos y lo arrojó contra la ventana de la cocina. “¡Fuera de mi casa zorra!” Gritó Maggie.

“Wow, tranquila doña.” La chica dio unos pasos atrás asustada.

Ed bajó las escaleras corriendo y cayó en cuenta que haber traído la chica a casa para ahorrarse los costos del motel no había sido la idea más brillante. “¿Qué demonios está pasando?”

“Ed has que se vaya.” Maggie ordenó apuntando a la puerta y sus palabras fueron suficiente para que la chica amedrentada subiera por sus cosas.

“¿Qué pasa contigo?” Ed susurró.

“¿Por qué la trajiste a la casa?” Maggie gritó.

“Shhhhhhhhh.” Ed la calló.

“No me voy a tranquilizar mientras esa zorra esté en mi casa.” Maggie gritó al techo esperando que la chica la escuchase. “¿Por qué la trajiste a la casa? Respóndeme.”

“¿Qué? No hay nada malo con ello. Míranos por favor,” Ed finalmente respondió. “Nos estamos divorciando por amor de Dios. Acaso he dicho algo de que te estés tirando al estúpido Rob Simmons?”

“Pero esta es nuestra casa.” Maggie estalló en llanto.

“La misma que tratamos de vender inútilmente de hecho.”

La chica bajó poniéndose sus tacones mientras en su camino hacia la puerta. Ed la siguió pero ella azotó la puerta en su cara. Ed empuñó sus manos temblando en coraje y de fue directo a su cuarto. Tomó una maleta y la puso sobre la cama, arrojó en ella la primera ropa con la que se topaba.

“Qué estás haciendo?” Dijo Maggie parada en la puerta.

“Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo,” Ed respondió irritado.

Maggie fue a su recamara y cogió las cosas de Ed y le ayudó a empacar gentilmente en un principio, pero en la medida que sus lágrimas corrieron también fluyó su genio y terminó arrojando todo al suelo.

“¿Ahora qué?” Ed gritó jalando su cabello para controlar su ira.

“Mírame,” ella sujetó el rostro de Ed. “Mírame y dime que no me amas.” Ed volteó a otro lado pero Maggie regresó su cara hacia ella. “¡Mírame y dime que no me amas!”

Ed la evitó pero ella lo empujó contra el muro. “¡Dime!”

“Hazte a un lado,” Ed la empujó y Maggie brincó sobre él. Ellos forcejearon chocando contra la televisión y rebotaron sobre el vestidor, luego con el buró, el armario hasta que finalmente aterrizaron sobre la cama. Los jaloneos se convirtieron en besuqueos y, los alguna vez gritos de odio, se convirtieron en gritos de placer excitante.

Ellos no sabían los cómos y estaban aterrados de preguntarse los por qué. Pero reconocieron que esta era la manera en la que su relación había funcionado desde sus principios y las probabilidades eran que fuera de la misma manera. Ed era el novio de Alicia—la mejor amiga de Maggie—la noche que se conocieron. Alicia los encontró en pleno acto en su recámara. Ese fue el regalo de cumpleaños de Alicia, perder a su novio y a su mejor amiga la misma noche.

El timbre de la puerta sonó. Maggie bajó a abrir envuelta en las cobijas y se asombró al encontrar a un oficial de policía. Ella se escondió tras la puerta entre abierta más avergonzada del escándalo causado a los vecinos que por su falta de ropa.

“Lo siento oficial,” Maggie balbuceó. “estamos bien, solo fue, usted sabe, solo un asunto marital.” Ella rió nerviosamente.

El oficial consternado la miró en silencio durante un momento y finalmente dijo. “¿Aún está en venta la casa?

M. Ch. Landa

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